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jueves, abril 28, 2011

ALGUNOS RETOS DE LA VIDA RELIGIOSA (J. Estrada)

Proyección

Año XLVIII nº 200, Enero-Marzo 2001, pp. 53-66
ALGUNOS RETOS DE LA VIDA RELIGIOSA ANTE EL TERCER MILENIO
Juan A Estrada

Después de una época de cambios, como ha sido el siglo XX para la Iglesia y para la vida religiosa, nos encontramos ahora con un cambio de época. Mi impresión es que estamos asistiendo al final de una etapa de la vida religiosa, al final de un modelo y que el gran reto con el que estamos confrontados al comienzo del tercer milenio es construir otro paradigma, otro modelo distinto de vida religiosa del que hemos ido desarrollando en el segundo. Los signos de agotamiento del actual modelo de vida religiosa se acumulan: envejecimiento progresivo, caída de vocaciones, persistencia en las salidas (aunque haya disminuido su número), dificultades para encontrar una espiritualidad y un estilo de formación adaptado a las necesidades del mundo de hoy, estancamiento y abandono progresivo de obras apostólicas, dificultades de integración en la sociedad e Iglesia actual sin perder la identidad específica de cada congregación, etc.: estos son hechos, que pueden ser leídos como signos de los tiempos que interpelan a las órdenes.

En realidad, el Concilio Vaticano II ha sido el único concilio que ha hablado de la vida religiosa dentro del esquema eclesiológico. Es decir, al hablar de la vida de la Iglesia en los grandes esquemas fundamentales de la “Lumen Gentium” y de la “Gaudium et Spes”, encontramos una serie de párrafos que se aplican a la vida religiosa y que luego fueron desarrollados de una manera más explícita y sistemática en el “Decreto sobre la vida religiosa”. Hay dos elementos fundamentales que siempre se ponen en primer plano: la vida religiosa tiene que ser signo y un testimonio (LG 31.39; PC 1). Aparece sobre todo como un signo testimonial. Este es uno de los elementos que tenemos que desarrollar, ¿Un signo de qué? Junto a él hay un segundo punto, el del seguimiento de Cristo. Desde ambas perspectivas, seguimiento y testimonio, la vida religiosa tiene un lugar en la Iglesia.

A esto añade el concilio Vaticano II una demanda, la de la vuelta de las órdenes al carisma inicial, la de inspirarse en los orígenes y, al mismo tiempo, la de actualización ("aggiornamento") o puesta al día para hacerse presente en el mundo de hoy. Pero para poder actualizar adecuadamente hay que retomar la historia que da raíces e identidad. Antes de profundizar en algunos retos y desafíos actuales, hay que recordar los orígenes y lo que inicialmente significó la Vida Religiosa. Esto es tanto más urgente, cuanto más renovada está la eclesiología. No olvidemos que el concilio Vaticano II ha revalorizado la condición laica en la Iglesia y ha iniciado un camino en una línea contraria a la reforma gregoriana, en el siglo XI, que impulsó la vocación temporal de los laicos a costa de su papel activo en la vida interna de la iglesia. Una de las consecuencias de este nuevo enfoque es la variedad y cantidad de vocaciones laicales que se han promovido en la segunda mitad del siglo XX. Esta renovación del laicado afecta a la vida religiosa, ya que ofrece nuevas posibilidades de vida cristiana y elimina el casi monopolio de la vida religiosa para vivir el radicalismo evangélico.

1. La herencia del monacato

El punto de partida es el reconocimiento de que el monacato surgió tardíamente en la Iglesia como cristalización de un movimiento inspirado por el Espíritu. La vida religiosa no es el centro del evangelio ni tiene asegurada su permanencia histórica, como la Iglesia, sino que está al servicio del primero y se integra en la segunda como una corriente renovadora y rica, pero no esencial ni constitutiva. Hay que asumir con humildad que fue Dios mismo el que inspiró el nacimiento de las órdenes religiosas, en el doble contexto del seguimiento y del testimonio. Y si Dios permite su extinción, tanto a nivel general como en la concreción de cada orden o familia religiosa, no es ninguna catástrofe para la Iglesia. Desaparecería algo que ha sido muy importante pero que no es constitutivo ni esencial para la supervivencia del cristianismo.

El contexto del nacimiento de la vida religiosa fue también paradójico. A finales del siglo III o comienzos del siglo IV, la Iglesia vivía en una situación de triunfo. Se aproximaba la legitimación y luego oficialización del cristianismo como religión del imperio, y con ello, el final de las persecuciones. La sociedad romana se abrió cada vez más a los cristianos, que estaban representados en todos los sectores sociales, y el poder político se vio, cada vez más, obligado a reconocer jurídicamente lo que ya era una realidad sociopolítica: que una gran parte de la sociedad se había convertido al cristianismo y que otros muchos se aproximaban cada vez más a él. Consecuentemente, el cristianismo se convirtió en la religión de moda del imperio, y la iglesia se autoafirmó partir del reconocimiento del emperador Constantino. Este se presentó como el gran bienhechor, de tal modo que la Iglesia ortodoxa no temió hablar de él como del apóstol número trece. Es muy probable que Constantino muriera como un pagano, sin llegar siquiera a bautizarse, lo cual muestra el grado de entusiasmo y de identificación de la Iglesia con el César que había puesto fin a las persecuciones, al que daba el título simbólico de "apóstol".

En este contexto de triunfo, de gloria y de admiración surgió un grupo minoritario que buscaba mantener el radicalismo del evangelio y pretendía continuar con la doble tradición martirial y profética de los siglos pasados. Este grupo no se integró en el contexto triunfalista de la Iglesia en aquel momento, sino que avisó repetidamente sobre los peligros de la mundanización y la necesidad de continuar con el espíritu martirial de las persecuciones. Ya que no era posible el martirio cruento, por que las autoridades dejaron de perseguir a los cristianos, había que pasar al incruento. Morir al mundo desde la renuncia a la sociedad, las prácticas de ayunos y penitencia, el ejercicio de la contemplación, la búsqueda de soledad y retiro, etc. Estas eran las nuevas aspiraciones del naciente movimiento de los padres del desierto.

El ideal que les inspira es evangélico, la manera de ejercerlo está condicionada socioculturalmente. El trasfondo cultural es el de la filosofía helenista: el alma prisionera del cuerpo, dualismo entre lo natural y lo sobrenatural, importancia de dominar el cuerpo y las pasiones, prioridad de la contemplación sobre la vida activa, la soledad como lugar apropiado para encontrarse con Dios, etc. Por eso, el ideal de la vida monacal es el del eremita, el monje solitario dedicado a la oración y a la penitencia. Sólo en una fase posterior se impuso el cenobio o monasterio. En él se quería actualizar el reinado de Dios construyendo un modelo comunitario al margen de la sociedad, a la que había que dar testimonio, y dentro de la iglesia, pero apartándose de los estamentos jerárquicos y de la vida de los cristianos que permanecían en el mundo. El contexto sociocultural impregnó el ideal del seguimiento de Cristo, entendido como una renuncia al mundo, según el ideal de la vida angélica, que es el que parecía más adecuado a la trascendencia.

El movimiento monacal fue inicialmente laico, de tal modo que los sacerdotes tenían que renunciar al ejercicio del ministerio y a sus potestades sacramentales para integrarse en él. San Juan Crisóstomo fue el gran teólogo que planteó el ideal de seguimiento de los monjes como una exigencia para toda la Iglesia. La gran dificultad está en el molde sociocultural adoptado, que tiene como trasfondo el neoplatonismo y la Estoa. Ambos pregonan la necesidad de abandonar las tareas temporales en favor de las espirituales, la supremacía de la contemplación sobre la acción, y el rechazo de las actividades corporales, sobre todo de la sexualidad, como algo que se oponía a la superioridad del espíritu sobre el cuerpo.

De ahí, la necesidad de una vida regulada, penitencial y mortificada, que resultaba poco compatible con la de los seglares inmersos en los asuntos temporales.

Esta concepción de lo sobrenatural y de lo sagrado, como opuesto a lo natural y profano, no sólo marcó a la vida monacal, sino que sirvió de paradigma para la vida religiosa posterior, a pesar de los cambios que trajo consigo la invasión de los pueblos bárbaros. La vida religiosa se hizo más apostólica por necesidades eclesiales y sociales, sin renunciar a su espiritualidad monacal, que se había convertido en el prototipo de la cristiana. El costo de este proceso fue grande: se estableció un dualismo entre los cristianos, siendo los monjes los testigos de la vida consagrada, que dejó de ser lo que caracterizaba al bautismo en favor de los monjes. Los consagrados dejaron de ser los cristianos, como ocurría en los primeros siglos, y se convirtieron en una elite minoritaria y superior. La conciencia de superioridad se expresaba en el cambio del nombre bautismal por el de la profesión religiosa, a la que se veía como un segundo bautismo.

2. Los nuevos cambios en la teología

El doble ideal monacal de seguimiento de Cristo y de testimonio martirial sigue siendo válido en la actualidad, pero ha cambiado el contexto cultural y la forma de traducirlo a la sociedad y a la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha supuesto una revalorización de la teología de las realidades terrestres a partir de una nueva comprensión de la relación con Dios. El Concilio vino precedido de la crisis provocada por la "nueva teología", que propugnaba una nueva forma de entender la relación entre lo sobrenatural y lo natural, rompiendo con el dualismo anterior. También por una comprensión distinta de la Iglesia, peregrina en la historia, en la que tiene que discernir los signos de los tiempos y servir a la humanidad. A partir de aquí hay que comprender el giro antropológico de la teología, la insistencia en el Dios encarnado, la subordinación de la Iglesia al reinado de Dios, la teología de la misión, la revalorización del laicado y de la comunidad como ejes eclesiológicos fundamentales.

Estos cambios han marcado la vida cristiana y también la religiosa. Se realza el compromiso cristiano como la marca de la espiritualidad; se pasa del dualismo de contemplación y acción, simbolizados por María y Marta, a la contemplación de Dios en lo terreno; se resalta el valor divino de lo humano; se afirma el existencial sobrenatural como algo que concierne a todos los hombres y se pone en primer plano una teología de la cultura, del trabajo y de la política. La Iglesia no es el centro, sino la construcción del reinado de Dios en medio de los hombres. Esto lleva a una emigración de la vida religiosa de sus lugares tradicionales, buscando una mayor presencia testimonial en la sociedad y una forma de seguimiento más de acuerdo con el radicalismo evangélico.

De ahí, la nueva manera de entender la presencia de Dios, cuya trascendencia se afirma como negación del valor absoluto de las realidades terreras, sin que esto legitime la ‘fuga mundi’ de la época anterior. Al mismo tiempo, se subraya la inmanencia de Dios, cuyo lugar privilegiado en la historia es el pobre, el marginado, el débil, las víctimas de la historia. Dios no es neutral y los espacios y ámbitos en los que se hace presente son aquellos en los que nunca hubiera sido buscado por el hombre. La locura cristiana se opone a la sabiduría racional griega.

Hay una radicalización del compromiso cristiano que tiene que acompañarse de una profundización y mayor interioridad. Dios no es un extraterrestre que interviene en los acontecimientos desde fuera, sino alguien que motiva, inspira, clarifica, impulsa y orienta desde la interioridad. Se imponen dimensiones marginadas de la tradición cristiana, comenzando por el planteamiento agustiniano, que propone encontrar a Dios en la interioridad de cada persona, y siguiendo por la llamada de Francisco de Asís que encuentra a Dios en todas las cosas a partir de una profunda experiencia interior. Hay que encontrar a Dios en la creación y en la historia, como en el canto espiritual de Juan de la Cruz o en la contemplación para alcanzar amor de Ignacio de Loyola, desde una concepción relacional en la que Dios se revela en las realidades mundanas y sobre todo humanas. Es lo que lleva a Karl Rahner a afirmar que el cristiano del siglo XXI habrá experimentado algo o dejará de ser cristiano, al mismo tiempo que desarrolló una espiritualidad del compromiso en la que se es contemplativo en la acción.

El gran reto es el de conjugar una honda espiritualidad con un compromiso radical, fórmula nueva para realizar el seguimiento de Cristo y el testimonio evangélico. El hombre comprometido con los demás es al mismo tiempo el que debe vivir buscando a Dios en su vida. No hay una historia sobrenatural al lado de la natural, sino que la primera se realiza en la segunda, de la misma forma que no hay santidad ajena al crecimiento humano, porque la gracia presupone la naturaleza. Y es que Jesús viene a enseñarnos cómo ser persona, no un conjunto de prácticas religiosas para salvar el alma. Este planteamiento fue una fuente de inspiración para la síntesis genial de Ireneo de Lyon, tantas veces mencionada en la actualidad: la gloria de Dios es que el hombre crezca y viva, y la gloria del hombre es encontrarse con Dios, tener experiencias de él ya en esta vida.

3. El gran desafío actual de la vida religiosa

A partir de aquí podemos abordar algunos retos de la vida religiosa. El primero y radical es el ansia de Dios, tantas veces manifestado en los salmos, en la mística y en los textos fundacionales de las distintas congregaciones. El cristianismo no se entiende sino como búsqueda de Dios, como consagración que aspira al encuentro con Dios mismo, ya en esta vida. En torno a ese ideal hay que comprender muchas de las prácticas, devociones, y regulaciones de la vida religiosa. La Iglesia no es una ONG, no es tampoco primariamente una asociación caritativa, ni un grupo humano que lucha por la justicia, aunque la práctica de la caridad y las exigencias de la justicia sean condiciones necesarias para que haya vida cristiana y religiosa. Son condiciones necesarias, pero insuficientes.

Los monjes eran personas ebrias del espíritu, título de una conocida obra sobre el monacato, que habían experimentado algo y lo comunicaban a los otros. Eran gurús, especialistas en la búsqueda de Dios, hombres de Dios con su vida más que con sus prácticas.

Esto es lo que cobra una nueva dimensión en nuestra sociedad secularizada, en la que se hace perceptible el silencio de Dios y apenas si hay gente que nota su ausencia. La sociedad actual no está construida de forma que socioculturalmente lleve a la búsqueda de Dios, sino que, por el contrario, ofrece múltiples microsentidos que sustituyen a Dios y se apresuran a encubrir el hueco que ha dejado en el ser humano y en el mismo tejido social. El hambre de plenitud y felicidad, que anteriormente se canalizaba en la búsqueda espiritual, se convierte hoy en un acicate para el consumo, para la satisfacción hedonista y para la acumulación de bienes materiales. El materialismo no es simplemente una ideología, la marxista, sino un estilo de vida que impregna a nuestros conciudadanos y que se mete dentro de la vida religiosa como alternativa a la búsqueda de Dios. Ya no se trata de cubrir las necesidades primarias, secundarias e incluso terciarias para luego poder dedicarse al espíritu, a la cultura, a una calidad de vida mejor, a la vida del espíritu en sentido amplio, sino que, por el contrario, se impone un modelo de pan y circo, como en la sociedad imperial romana de los primeros siglos, en la que Dios resulta innecesario. No es que se le rechace o ataque, como en el ateísmo de épocas pasadas, sino que sencillamente se pasa de él, porque es innecesario, porque es ocioso, porque no aporta nada al ideal de vida material que se pregona. La indiferencia religiosa es la nueva forma secular de increencia.

La sociedad del bienestar que impera en el primer mundo, el de mayor nivel de vida de la historia de la humanidad, no es la antesala de un cambio cualitativo en la vida humana, sino la plataforma desde la que asistimos a una erosión constante de los valores, a una creciente superficialización de la vida, a una eclosión de la competitividad e individualidad que cada vez hace más anacrónico un estilo de vida como el que propugna el cristianismo. Y es que Dios no está de moda, el tejido social que hemos construido necesariamente lo excluye. Para los ciudadanos que no se acaban de satisfacer con el ideal del consumo y placer que se nos ofrece, se sustituye con ideales y valores que reflejan una trascendencia intramundana. El deporte se conviene hoy en una religión que marca el sentido de la vida de muchos conciudadanos, cuyo sentido y felicidad depende de los avatares del club de sus amores.

Algunos buscan en el nacionalismo el ideal religioso que sustituya el culto a Dios, y se convierten en adoradores del ídolo de la nación, que no sólo engendra muerte y violencia para los demás, sino que acaba destruyendo interiormente a sus adoradores. El mal se hace presente en los ideales más nobles (el de la patria, los pobres, la sociedad sin clases o los valores de Occidente), haciendo que éstos se perviertan al ser absolutizados (divinizados), y se convierten en destructores y generadores de muerte. Los fanáticos que los sirven no retroceden ante los nuevos sacrificios humanos que exigen, como ocurría cuando se degeneraban las religiones. Otros, los mejores, buscan en el asociacionismo y las ONGs un cauce para el anhelo de solidaridad y justicia que todavía subsiste en nuestra sociedad, sobre todo en las generaciones más jóvenes. El ideal de fraternidad, igualdad y libertad, que tiene muchos componentes cristianos, sigue inspirando todavía a Occidente y en él encuentran cauce muchas viejas aspiraciones éticas, políticas y religiosas.

El gran reto para la vida religiosa está en que sus miembros, al mismo tiempo que religiosos, son ciudadanos y forman parte de esta cultura. Tanto más cuanto mayor es la encarnación de la vida religiosa en estructuras seculares.

De ahí que el talente de la sociedad de consumo acaba impregnando a los religiosos. Esto se traduce en una pérdida colectiva y personal del nivel "religioso" de la vida, es decir, cada vez hay menos espacios y tiempos en los que se da una "religación" a Dios. Se ha hundido el viejo entramado de la espiritualidad y se han quedado anacrónicas muchas de sus prácticas, sin que se haya encontrado alternativas válidas que las sustituyan. Por eso se nota una creciente falta de interioridad en muchas personas y comunidades que para el resto de los conciudadanos son especialistas en Dios. Cada vez más escasean los maestros espirituales, mujeres y varones que hablen de un Dios experimentado y vivido, no sólo del dios de la teología, de las doctrinas y de las creencias.

Al no haber referencias personales que enseñen con su vida cada vez resulta más difícil la formación de las jóvenes generaciones en la vida de las congregaciones, la transmisión y actualización al mismo tiempo de la espiritualidad, la capacidad de irradiación y de misión que suscita el testimonio personal que se transmite por contagio. La vida religiosa está falta hoy de su fundamento, que es la experiencia de Dios. Cada vez hay menos tiempos y espacios materiales para la búsqueda espiritual y se suple esa carencia con el refugio en textos y prácticas ya establecidas, muchas veces ejercitadas de forma rutinaria y despersonalizada. Por eso, los religiosos tienen dificultad para hablar de Dios y testimoniarlo desde su propia biografía, encuentran grandes obstáculos para comunicar la fe y para rezar en común sin utilizar textos ya escritos, y establecen una disociación entre las prácticas residuales religiosas que todavía mantienen y su vida diaria.

Desde ahí difícilmente puede superarse la actual crisis de vida religiosa, que se expresa en un envejecimiento progresivo, en una carencia de vocaciones, en una gran cantidad de salidas y en una permanencia muchas veces anodina y sin gran entusiasmo de gente demasiado vieja o poco preparada para abandonar la vida religiosa e integrarse en la sociedad competitiva y dura hoy existente. La misma tendencia se nota en algunas congregaciones y asociaciones que atraen a vocaciones que buscan seguridad y refugio de las inclemencias de la vida secular. El problema es que el que no sirve para la vida en la sociedad secular, difícilmente puede ser apto para la vida de testimonio martirial y de radicalismo evangélico que exige hoy el seguimiento de Cristo.

Por eso estas vocaciones son un caramelo envenenado para las congregaciones, prometen un gran futuro por la abundancia del número y se convierten luego en un lastre pesado que bloquea a la congregación y que se transforma en estilo de vida antitestimonial.

En la vida religiosa se da el mismo peligro que en la Iglesia, que cada vez se hable y se busque menos a Dios. Cada vez es más raro oír hablar de Dios a un religioso o a un cura. Es más frecuente escuchar cosas sobre la moral, especialmente la sexualidad, o sobre la educación religiosa, o sobre la ortodoxia, o sobre la identificación con el magisterio, o sobre la desafección eclesial y los males de la sociedad. Los profetas de calamidades sobre los que avisaba Juan XXIII al comenzar el Vaticano II abundan hoy en la Iglesia y en la vida religiosa. Y los ciudadanos que necesitan ánimo, entusiasmo, proyectos e ideales que dinamicen difícilmente lo encuentran en los círculos eclesiales y en las mismas órdenes religiosas. ¡Y luego nos extrañamos de que falten vocaciones! La gente más inquieta de la sociedad busca en otros ámbitos y espacios la creatividad y libertad a la que aspiran, que con dificultades se encuentra en los foros eclesiásticos actuales. La involución dominante no sólo se deja sentir en la teología y en la jerarquía, sino que impregna a todos los ámbitos de la vida de la Iglesia y encuentra acomodo en religiosos que cada vez tienen menos de mártires y profetas en las sociedades primermundistas europeas.

Al mismo tiempo, la religión goza de buena salud, como la misma Iglesia, cuyos centros educativos son apreciados por los ciudadanos, sus instituciones asistenciales reciben contribuciones económicas del Estado y de id sociedad civil, y sus fiestas, romerías, procesiones y peregrinaciones gozan de afluencia masiva, fomentadas por los medios de comunicación social, favorecidas por las autoridades y potenciadas por los sectores empresariales y turistas.

Nadie persigue hoy a la Iglesia en una sociedad en la que crecientemente Dios está ausente. Pero cada vez resulta más difícil para muchos ciudadanos que la Iglesia aparezca como una comunidad vivencial, en la que se encuentra acogida y en la que se oye hablar de un Dios experimentado, buscado, afirmado. No se oye la nostalgia de los buscadores de Dios en el desierto que es la sociedad actual, y cada vez hay menos afán por la profundización teórica, el estudio de la teología, y la revitalización de las prácticas. Lo mismo que la mayoría de los ciudadanos, la televisión acapara buena parte del tiempo y energías que antes los religiosos dedicaban al estudio, al apostolado y a la vida de oración en sus diversas formas. Cada vez hay menos contraste entre la vida religiosa y la cristiana, y a veces incluso entre ambas y la vida de los no creyentes, con lo que se puede decir que el cristianismo se ha vaciado de contenido en la práctica aunque su teoría sea todo lo ortodoxa que se quiera.

El primer reto de id vida religiosa hoy es recuperar su historia como camino hacia Dios en cada congregación. Volver a los orígenes implica revitalizar a los fundadores y refundar la vida religiosa sobre una experiencia actualizada y traducida en prácticas, hechos y estilos de vida. Las mediaciones religiosas son traicioneras, como la misma religión, porque pueden ocupar el lugar de Dios en lugar de enderezar hacia él. Cuando no se pierde la nostalgia de Dios, el ansia de experimentado, como consecuencia de las prácticas religiosas, éstas dejan de ser sacramentales, ya que no son espacios de encuentro con Dios sino mediaciones que apagan la sed de él y que lo sustituyen por la buena conciencia, satisfecha de haber cumplido con lo que exigen las normas. Desde ahí no es posible ni el testimonio ni el profetismo. Mucho menos el martirio incruento en la iglesia y en la misma sociedad, al que está abocado el que denuncie con su vida más que con las palabras, aunque ambas sean necesarias, la instalación y falta de vitalidad de la Iglesia en la sociedad de hoy.

4. El giro interpersonal de nuestra cultura

El segundo reto que plantea la cultura actual a la vida religiosa viene dado a partir del giro interpersonal que se ha producido. Para que haya un yo hace falta un tú. Hoy somos conscientes del carácter relacional de la persona humana. El niño inicialmente no sabe distinguir entre el pecho materno que le da la vida y su propio cuerpo. Vive una identidad de fusión en la que poco a poco tiene que descubrir dónde acaba él y comienzan los demás.

Todo el proceso de constitución humano está marcado por esta dependencia. Para que haya un yo hace falta un rostro materno y paterno, normalmente los padres biológicos, que ayude a crecer y a vivir. El niño se percibe a sí mismo en relación con los otros. La mirada positiva o negativa de los padres le ayuda o dificulta en el proceso de abrirse a la vida, de indagar en él mismo, y de encontrar referentes que le sirvan de orientación y de pautas de conducta.

Tiene que aprender a conocerse, a aceptarse ya quererse como es y no sólo según el ideal de lo que quisiera ser. Esto sólo es posible lograrlo cuando el niño se sabe querido, acompañado, aceptado por él mismo y no en función de lo que haga, tenga o logre.

Por eso, el ser humano es relacional. Tiene que llegar a la autonomía cognoscitiva y práctica desde la heteronomía personal. Es decir, dependemos de los otros para crecer y tenemos que percibir el amor como un don y un regalo gratuito, antes de que podamos convertirnos nosotros mismos en un don para los demás. Lo primero es ser amados y la respuesta es el amor generoso que comparte con los otros lo que se es y lo que se tiene. Esta es también la entraña del cristianismo. Lo primero es que Dios nos ha amado, lo segundo que tenemos que amar a los demás (1 Jn 4,7-21). El amor no es el fruto de la mala conciencia, no es el resultado de una norma que nos obliga a actuar. Pablo lucha contra una concepción marcada por la ley, porque lo novedoso es que Dios es amor y que sus predilectos son los más débiles y esto se presenta como el modelo de comportamiento personal para los discípulos de Jesús. Pero el amor al otro está enmarcado en el amor a uno mismo, ama a los otros como a ti mismo. El que no es capaz de conocerse, aceptarse y quererse, difícilmente puede hacer lo mismo con los demás. El niño que no se ha sentido querido en su infancia, parte con un déficit importante en su relación con los otros, y fácilmente se minusvalora y desconfía de sí mismo, porque ha interiorizado el desamor.

Este sentido relacional del hombre es el fundamento de la familia y de la sociedad. El hombre isla está perdido, porque al no sentirse vinculado ni depender de nadie no gana en libertad sino que acusa la pérdida de raíces, está carente de referencias y vive inseguro acerca de su propia identidad. El entramado de las relaciones interpersonales es el que determina nuestra percepción de la vida y el que le da valor a su existencia. No es el dinero, el saber, el poder social o el prestigio lo que da un sentido a nuestra vida, sino el poder compartirla con otros y desde ahí experimentar lo que significa querer y ser queridos. Aquel para el que no hay ninguna persona importante es el más desgraciado, porque eso significa que no somos nadie, que nuestra vida carece de interés para los demás y que ni se nos echa de menos ni hay alegría por nuestra presencia.

El giro antropológico de la cultura moderna sustituye al individuo por la persona, realza nuestra dimensión social y nos hace conscientes de que no somos sólo miembros de una comunidad, como una parte de un todo, sino que sólo somos en una comunidad. La comunidad no está fuera de nosotros, sino dentro, ya que la identidad personal se ha construido sobre relaciones interpersonales en las que hemos captado valores, hemos aprendido significaciones, hemos asumido modelos, hemos imitado formas de conducta y estilos de vida y hemos aprendido una forma de vivir y de ser que es lo que constituye la identidad personal. La individuación es la otra cara de la socialización, como bien se sabe en el noviciado, que intenta recrear un hombre nuevo y asistir a la muerte del viejo.

En este contexto, la vida religiosa aparece como el intento de construir un modelo comunitario y social en el que se haga presente el reinado de Dios en este mundo. Aunque haya fundadores de congregaciones, el punto de partida siempre fue la comunidad inicial, que se formó en torno a la persona fundadora. Es lo que ocurrió con el mismo Jesús, que no es comprensible sin su comunidad de discípulos, que luego se transformó en la Iglesia'. Lo mismo ocurre en cada congregación, que sólo es comprensible desde la comunidad inicial, basada más en las relaciones interpersonales que en los lazos jurídicos y las constituciones, que vienen luego a cristalizar jurídicamente lo que inicialmente fue una realidad vivida. Por eso, hablamos de familias religiosas y conservamos abundantes textos sobre las relaciones interpersonales fomentadas por los fundadores, desde el abad o padre espiritual que cuida de la comunidad monástica, hasta Francisco de Asís, que no quiere superiores sino custodios de los hermanos, o Ignacio de Loyola que define la Compañía como amigos en el Señor, por citar sólo algún testimonio de entre los innumerables que ofrece la historia de la vida religiosa.

El problema es cómo se vive esto hoy en la vida religiosa, tanto en la relación con Dios, con los compañeros de vocación y con los demás. Se puede estar constantemente hablando de que Dios es amor y luego tener un comportamiento legalista, jurídico, basado en el esquema de retribución (yo le doy algo a Dios para que me premie o no me castigue) y en la desconfianza de Dios. El lenguaje y los símbolos cristianos son compatibles con una forma de vida religiosa basada en la suspicacia y el temor respecto de Dios. La pastoral del miedo, basada en el infierno, el juicio final y la teología de la reparación, ha marcado a la vida religiosa, por lo menos desde la Contrarreforma y el jansenismo, y sus efectos perduran hasta hoy. Difícilmente se puede irradiar confianza y amor a Dios un estilo de vida religiosa basado en lo jurídico y no en lo interpersonal, como el que desgraciadamente sigue dándose hoy en muchas comunidades. En ellas la autoridad representa a un Dios exigente y retributivo, que, como decía un teólogo, castiga a los malos, ¡y a los buenos si se descuidan! Las imágenes del superior como vicario de Dios están frecuentemente impregnadas de esta concepción que imposibilita una relación interpersonal fecunda. Y sin ella poco valor tiene la vida religiosa. Hay representantes de Dios que muestran su cólera más que su misericordia y amor a los hombres.

A esto hay que añadir un segundo elemento: si las relaciones comunitarias y congregacionales no favorecen el crecimiento personal y la mayoría de edad de los religiosos, se comportan como una familia que no deja crecer y vivir a sus hijos. Les ofrecen seguridad material y afectiva, se preocupan de sus necesidades y generan a superiores que se comportan como padres impositivos que no dejan crecer ni vivir. El miedo de la vida religiosa tradicional a las amistades particulares tiene mucho que ver con este dinamismo posesivo, que caracteriza a una familia deficiente y poco propicia al crecimiento de sus miembros.

Entonces surge el infantilismo, la dependencia absoluta del superior, el miedo a los conflictos y el pluralismo, la envidia y la hostilidad hacia las personas más independientes, adultas y capaces de juicio propio.

El problema es que este modelo no sirve para la sociedad conflictiva, plural y amante de las libertades personales en la que vivimos. La Iglesia en general y la vida religiosa en particular tiene problemas con la libertad y se resiente de una falta de respeto a los derechos humanos. ¡Un obispo decía que al entrar en la vida religiosa estos se limitan sustancialmente! Desde ahí, difícilmente puede tener credibilidad y plausibilidad la vida religiosa. Y es que una religión que no sirve para que la gente viva y crezca no sirve para nada. Por eso, la vida religiosa se mueve hoy entre dos extremos: el de una autoridad posesiva y omnipresente que sofoca a los religiosos, en lugar de facilitar el crecimiento personal y comunitario, o la incapacidad para preguntar. Estimular e incluso exigir a los hermanos en nombre del evangelio.

Falta identidad y madurez para saber mandar y también para obedecer, porque también falta para interpelar, cuestionar y proponer alternativas cuando se ve necesario. Se confunde la obediencia de Jesús a Dios, que pasa por la desobediencia y crítica real a muchos comportamientos de las autoridades, con la adulación y ausencia de capacidad de representación y de crítica. Pero la alabanza sólo tiene valor donde es posible la crítica y carece de ella cuando impera el sometimiento. Y es que al no haber relaciones interpersonales sólidas, sustituidas por las jurídicas, fácilmente se cae en la sumisión como prototipo de una relación adulta con los superiores y se elimina el discernimiento personal y comunitario como componente esencial de cualquier concepción adulta de la autoridad y la obediencia.

Pero, sobre todo, el amor cristiano es concreto. Pasa por la identificación con el ser humano con una predilección por los más débiles. No es un amor abstracto y su universalidad pasa por la concreción del prójimo, incluido el enemigo. Por eso, es posible hablar todo el tiempo del amor a Dios y a los demás, y no conocer el amor. Cuando no se ha gozado y sufrido con rostros, nombres, personas y situaciones concretas no se conoce la relación interpersonal.

Entonces las alusiones a la caridad, se convierten en ideologías y creencias sin arraigo en la vida. Hay gente que no sabe amar y la vida religiosa puede ser un refugio de personas necrófilas, sin apego a la vida. Entonces, se hace realidad aquello de llegan sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse.

Y hay personas que se sienten desgraciadas y no queridas, de tal modo que cuando tienen algún problema personal serio recurren a amigos de fuera de la vida religiosa y no se les ocurre acudir a los compañeros y mucho menos a los superiores. Esta sería una forma patente de mostrar el fracaso comunitario de la vida religiosa, que no ha establecido espacios de vida y crecimiento para sus miembros. Y esto es un reto fundamental para el presente y futuro de la vida religiosa, ya que sin relaciones interpersonales, ésta pierde su significado, y no puede atraer ni estimular a otros.

5. El reto del conflicto y la inseguridad

Hay una tercera dimensión esencial de la sociedad actual y que tiene incidencias en el estilo de vida religiosa, el del conflicto y la inseguridad. No cabe duda que de éste es uno de los elementos constitutivos de nuestras sociedades, que se alejan de la estabilidad, seguridad y homogeneidad que han caracterizado a las sociedades tradicionales. Hoy vivimos en un mundo plural, en el que hay que convivir con personas que piensan y viven de forma diferente, que tienen otra religión o carecen de ella, que hablan otra lengua, pertenecen a otra nación o tienen color de pies distinto. Esta es la otra cara de las sociedades móviles y dinámicas, en las que se privilegia el presente, se menosprecia el pasado y hay despreocupación respecto del futuro. El gran valor de nuestras sociedades es su dinamismo y capacidad de evolución, que es lo que ha llevado a una transformación profunda en pocos años. Su parte negativa está en el presentismo, en el vivir al día, en la incapacidad para establecer metas a medio y largo plazo. Esto se traduce en un vivir sometidos a las modas socioculturales, cambiantes y con poca capacidad de arraigo y de sedimentación.

La ignorancia de la historia la se traduce en falta de tradiciones y en una identidad superficial.

La vida religiosa ha vivido mucho de una concepción de la identidad fundada en la homogeneidad y la uniformidad. Que todos piensen y sientan lo mismo ha sido un ideal congregacional y eclesial, que ha dado muchos frutos, pero que se revela insuficiente e inadaptado al presente, tanto de la Iglesia como de la sociedad. Hoy, en cambio, se valora la capacidad de diálogo, la tolerancia, el ecumenismo, el respeto a la pluralidad de opciones. Desde ahí, hay que asumir el derecho a la diferencia, el respeto a la alteridad del otro, la capacidad de asumir al extranjero (el que no es de los nuestros, el que es distinto, el que tiene otra historia y raíces sociales). La Iglesia se encuentra hoy inserta en una sociedad para la que está mal preparada, ya que el pluralismo ¿práctico? existente lo ve como un mal, que se soporta y se quiere reducir a un mínimo, más que valorarlo como una riqueza. Se ve la unidad como algo que surge de la sumisión a la autoridad y la catolicidad como una mismidad que se hace presente en todas partes. Desde ambas referencias, la Iglesia se incapacita para SU misión y su testimonio en medio de la sociedad.

El reto se traduce también para la vida religiosa. Abrahán es el padre de los creyentes, porque se fía de Dios que lo saca de su instalación y rutina y lo llama a un camino nuevo y un proyecto de futuro en el que tiene que vivir de una promesa. Por eso, la virtud de Abrahán es la esperanza, que es compatible con la duda y la inseguridad del que emprende un itinerario nuevo. La inseguridad es el precio a pagar por la libertad y el miedo es un componente esencial de la primera. De ahí surgen también las dudas, el no saber, la preocupación por el futuro, que se traduce en el Abrahán que no comprende la promesa de un hijo en su ancianidad o el ¿Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado? de Jesús en la cruz. La fe es compatible con el no saber, pasa muchas veces por la noche oscura y se hace robusta con las dudas, en las que se opta por aquel del que nos hemos fiado, como afirma Pablo respecto de Jesús. En cambio, la inseguridad genera el miedo y éste bloquea, como a Pedro andando sobre las aguas, o en el patio de Caifás, en donde niega al maestro, o en la huida de Getsemaní cuando Jesús es aprehendido por las autoridades religiosas.

El reto de la vida religiosa hoy es fiarse de Abrahán y perder el miedo, en una Iglesia en la que éste reina en muchos círculos y ambientes. El profeta no desconoce el miedo, pero no se deja vencer por él. Arriesga su propia supervivencia porque se deja llevar por el Espíritu, el dios olvidado de la teología católica, como le llamó Pablo VI. Hay que dejar espacios a la creatividad, promover a los cargos de responsabilidad a personas fecundas y huir de la tentación del funcionario que sobrevalora las certezas y seguridades del pasado, y que antepone la obediencia sumisa a la búsqueda de nuevos caminos. En la Iglesia hoy hay mucha gente gris, cuya gran virtud es que no crean conflictos ni plantean interrogantes.

Eso, sin embargo, no tiene futuro ni eclesial, ni social.

La vida religiosa tiene ventajas porque sus cargos no son vitalicios y el peso de la comunidad es mayor, pero también en ella se impone frecuentemente la mediocridad y la a-conflictividad como virtudes cardinales de la autoridad.

De ahí, la necesidad de pasar de la unidad como uniformidad, a otra de comunión, que permite las diferencias. La catolicidad no es sólo expansión geográfica, sino también plenitud, que pasa por la pluralidad. Esto implica superar el neocolonialismo eclesiástico, que ningún estilo de vida se imponga universalmente en un mundo extenso y plural como el nuestro. El etnocentrismo y sociocentrismo europeo se ha impuesto también en la vida religiosa y eclesial, se traduce en un centralismo, a veces sofocante, de las provincias de fuera de Europa. También se manifiesta en un paternalismo que impone a los miembros, por su bien, lo que ellos no ven ni comparten, en lugar de dejarles manifestarse y expresarse. El trasfondo es una concepción de la unidad que de facto imposibilita la deliberación comunitaria y el discernimiento personal, porque pueden ser fuentes de disensión, discusión o planteamiento de alternativas. Y sin ellas, no es posible dar razones de la propia fe en una sociedad secularizada y no creyente, pero receptiva a las opciones personales coherentes y consecuentes. Una Iglesia en estado de misión tiene que ser creativa y viva, pero esto se imposibilita cuando se quiere limitar o sofocar en el ámbito interno eclesial y congregacional.

El Dios cristiano no es un asegurador, sino alguien que llama a crecer en libertad. La respeta de tal modo que incluso asume el pecado, con lo resultado de ella. Esto exige como contrapartida esperanza y confianza al abordar el futuro, tanto más cuanto más envejecida aparece la vida religiosa. Hay que abrirse con confianza a la acción de Dios y poner en sus manos la supervivencia de la congregación, de la comunidad y de las propias obras apostólicas.

Todas ellas son mediaciones y el fin es el reinado de Dios, y no al revés. Desde allí hay que comprender la disponibilidad apostólica. El ecumenismo y la tolerancia, así como la capacidad de diálogo y la paciencia, son virtudes necesarias para los superiores y autoridades eclesiales que renuncien a la imposición autoritaria como forma de gobierno.

Pero esto no implica renunciar al ejercicio de la autoridad y desde ella interpelar, amonestar y pedir actuaciones concretas que traduzcan la opción que se ha hecho.

Una paz basada en la ignorancia del carisma fundacional y el estilo de vida propio de cada congregación carece de valor cristiano y religioso. La tolerancia puede convertirse fácilmente en permisividad y dejar hacer, como ocurre frecuentemente en la sociedad, y entonces, se erosionan los valores, se pierden las referencias y se produce una desestructuración de la autoridad. En una sociedad plural y democrática hay que encontrar medios adecuados para ejercer la autoridad, pero no renunciar a ella, ni al discernimiento y la capacidad de representación que lleva consigo. Ese es el servicio que puede prestar la vida religiosa a la Iglesia, y desde ella a la sociedad. Enseñar a vivir los conflictos y las diferencias, desde el respeto a las personas y sin que se rompa la unidad, aunque subsistan las tensiones y los puntos de vista diferentes. Los enfrentamientos sociopolíticos son el resultado de la polarización de la sociedad, que hoy se advierte en la Iglesia. Ahí es donde tiene un gran reto la vida religiosa, desde una tradición refundada pero no olvidada, desde la solidaridad comunitaria y la aceptación de la pluralidad de carismas, que exige la comunión.

En buena parte ahí se llega a la supervivencia misma de la vida religiosa.

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La Iglesia (José Ignacio González Faus IV.2011)

José Ignacio González Faus, durante la entrevista. Víctor Echave
Miércoles 06 de abril de 2011
Levante-emv.com

J. Ignacio González Faus
´La Iglesia va hacia el gueto y necesita una gran reforma´

Teólogo jesuita. La voz crítica del teólogo jesuita José Ignacio González Faus (Valencia, 1935) exaspera al Vaticano, adonde han llegado acusaciones contra él. Autor de numerosas publicaciones y profesor de teología en Barcelona, dirige el centro jesuita Cristianismo y Justicia.

ISABEL BUGALLAL VALENCIA ¿No tira la toalla?

No la pienso tirar, por supuesto; ¿por qué habría de tirarla?

¿Por amenazas del Vaticano?
Tampoco han sido tantas y, aunque fueran más, Jesús, a quien yo sigo, no la tiró. Mi padre, san Ignacio, mi fundador, tampoco la tiró perseguido por la Inquisición.

¿Es verdad que al Vaticano llegan anónimos y delaciones?
Sí. Es increíble la cantidad de cartas y denuncias que llegan, muchas anónimas y de gente neurótica que no tiene otra cosa que hacer y escribe a Roma. Lo que no comprendo, como cristiano y como cura, es que en Roma se dé audiencia a este tipo de acusaciones

¿Las escuchan?
Cuando eran contra el bueno -o el malo- de Marcial Maciel no parece que les hicieran mucho caso, en cambio, cuando llegan otros casos… Todos los sistemas muy centralizados, como es el Vaticano, tienen un gran miedo a estar desinformados y cualquier cosa que les dicen se la creen.

¿Qué han dicho de usted?
Que niego la divinidad de Jesús, cosa que es mentira y, por tanto, no me preocupa; que critico a la Iglesia injustamente, cosa que tampoco es verdad; que si soy marxista, lo cual no es cierto, y cosas de ese género que no merecen audiencia.

¿Es incómodo para la Iglesia?
No quisiera serlo porque amo a la Iglesia, pero lo soy porque creo que necesita una reforma muy seria. Jesús también fue incómodo para el sanedrín y los sumos sacerdotes.

¿Denuncia la estructura de poder de la Iglesia?
Naturalmente: el poder fue la tercera tentación que rechazó Jesús. La Iglesia debía tener el mínimo indispensable de estructura y el máximo de libertad pero tengo la impresión de que es al revés.

A usted no le cabe en la cabeza que la Iglesia tenga Estado.
En la cabeza me cabe, donde no sé si cabe es en el Evangelio.

¿Escribió una carta abierta al Papa para decírselo?
Por qué no, todo cristiano tiene derecho a escribir al Papa.

Es crítico con el nombramiento de obispos, ¿por qué?
Porque el procedimiento actual es contrario al que se daba en la Iglesia primera y el Evangelio. Cada iglesia debe elegir a su obispo.

¿Los papas son prisioneros de la curia romana?
Están condicionados por una estructura que la curia conoce mejor. Como ellos dicen, "los obispos pasan, pero la curia permanece".

¿Cuál es el lugar de la Iglesia que usted defiende?
La Iglesia tiene que estar con las víctimas, los crucificados, los pobres, los perseguidos; con la mentalidad de cada época y con las diversas culturas.

Dice que la Iglesia tarda 200 años en admitir los cambios.
La reforma de Lutero no fue digerida casi hasta el concilio Vaticano II y no parece que la gente de la curia haya aceptado totalmente el Vaticano II.

¿Ve una involución?
No solo yo, muchos teólogos lo piensan. Hace casi 40 años Karl Rahner escribió un artículo que se titulaba ¿Vamos hacia el gueto? Pues parece que sí, que vamos hacia el gueto.

Usted fue alumno de Ratzinger en Alemania.
Yo preparaba la tesis doctoral allí, era capellán de los inmigrantes españoles y acudía a sus clases de cristología. Los alumnos hasta le aplaudíamos: era, evidentemente, otro Ratzinger más avanzado.

¿Qué opina de la visión de Jesús que da en su último libro? Según él, no fue revolucionario.
Jesús no quiso ser un revolucionario, pero resultó serlo y fue condenado por motivos políticos. Puede que no sea la visión de Benedicto XVI, pero es la que tiene más fiabilidad histórica

Los "kikos", el movimiento neocatecumenal, arrastra masas y llena plazas allá donde el Papa va.
Para llenar plazas basta con dinero, organización y unos cuantos autobuses. La pregunta es si eso no es como la espuma que llena el vaso de cerveza y cuando baja no queda nada. Más que la espuma, la imagen evangélica sería la semilla que crece. La manera de proceder de los "kikos", con presiones y chantajes, no me parece muy evangélica.

El poder de Rouco, debe ser grande, le llaman 'vicepapa'.
Sé de él lo mismo que usted, lo que dicen los periódicos, y que alguna vez se quejó de mí al provincial de los jesuitas.

La Iglesia está mal, pero el mundo está peor, a su juicio.
Me temo que sí. "Estamos en un sistema que produce ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres", dijo Juan Pablo II.

¿Ha hecho testamento vital?
Sí, lo he hecho porque creo que hay un cierto encarnizamiento terapéutico que se disimula de mil maneras y porque tuve una hermana gemela que murió de cáncer y, con ayuda de un médico, tuve que plantarme para que no la molestaran más y la dejaran morir en paz; y porque prefiero morirme seis meses antes que no vivir seis meses más incómodamente.

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viernes, febrero 25, 2011

Chiitas y Sunies

En una sociedad dominada por ¿quién guiaría a la comunidad de creyentes?, poco después de la muerte de Mahoma, varios de sus seguidores más cercanos califas, o líder terrenal de la comunidad islámica, a Abu Bakr (imagen), rico mercader suegro de Mahoma. Mahoma y los primeros califas que le sucedieron adoptaron la costumbre tribal árabe de realizar incursiones en contra de sus perseguidores.

El Corán llamó a esta actividad «pelear por el sendero del Señor o yijad. Aunque erróneamente llamada Guerra Santa, la yijad desarrolló a partir de la tradición árabe de las incursiones tribales las cuales se permitían como una forma de canalizar las energías belicosas de las tribus beduinas. La yijad no se efectuaba con la finalidad de convertir a otros, pues la conversión al Islam era estrictamente voluntaria. A aquellos que no se convertían únicamente se les exigía que se sometieran al gobierno musulmán y que pagaran los impuestos.

Una vez unificados bajo Abu Bakr, los árabes comenzaron a dirigir sus energía, anteriormente gastada contra ellos mismos, hacia los vecinos, llevando a cabo una yijad en gran escala. Los pueblos vecinos y los persas fueron los primeros en sentir la fuerza de los recién unidos árabes. En el año 636, en Yarmuk, los musulmanes derrotaron al ejército bizantino y, en el 640, tomaron posesión en la provincia de Siria En dirección hacia el este, los árabes derrotaron a las fuerzas persas en el 637, y luego se lanzaron a la conquista de todo el Imperio Persa en el año 650. Mientras tanto, Egipto y las demás regiones del norte de África habían sido anexadas al nuevo Imperio Musulmán.
Conducidos por los califas y por una serie de brillantes generales, los árabes habían estructurado un enorme y muy motivado ejército, cuya valentía se vio estimulada por la creencia de que los guerreros musulmanes tenían garantizado un lugar en el paraíso si morían en combate.

Los primeros califas, gobernando desde Medina, organizaron los recién conquistados territorios en provincias contribuyentes. A mediados del siglo VII surgieron una vez más problemas por la sucesión del profeta, hasta que Alí, yerno de Mahoma, fue asesinado y el general Muawiya, gobernador de Siria y uno de los principales rivales de Alí, llegó a ser califa en el año 661. Muawiya fue conocido por una virtud sobresaliente: utilizaba la fuerza sólo cuando era necesario. Como dijo alguna vez, «Nunca uso mi espada cuando basta con mi látigo, ni mi látigo cuando mi lengua es suficiente”. Muawiya se movilizó para lograr que se heredara en su propia familia el título de califa, estableciendo así la dinastía Omeya. Como una de sus primeras acciones, la dinastía omeya trasladó la capital del Imperio Musulmán de Medina a Damasco, en Siria.

Esta disensión interna en torno al califato creó una división en el Islam, entre los chiítas —quienes sólo aceptaban a los descendientes de Alí, el yerno de Mahoma, como legítimos gobernantes— y los sunitas, quienes reclamaban que los descendientes de los omeyas eran los verdaderos califas. Esta ruptura ocurrida en el siglo VII ha escindido al Islam hasta el día de hoy, entre sunitas y chiitas. No obstante, la crisis interna no detuvo la expansión del Islam. Al comienzo del siglo VIII, se efectuaron nuevos ataques en ambos limites, el oriental y el occidental, del mundo mediterráneo. Tras arrasar todo el norte de Africa, los musulmanes invadieron la Europa germana al llegar a España en el año 710.

El reino visigodo —ya debilitado por las guerras internas— se derrumbó y, alrededor del 725, la mayor parte de España se había convertido en un estado musulmán, cuyo centro fue Córdoba. En el año 732, un ejército musulmán, al llevar a cabo una incursión en el sur de Francia, fue derrotado por el ejército de Carlos Martel, cerca de Poitiers. La expansión musulmana en Europa se detuvo. Mientras tanto, en el año 717 otra fuerza musulmana había lanzado un ataque naval a Constantinopla, con la esperanza de destruir el Imperio Bizantino. En la primavera del año 718, los bizantinos destruyeron la flota musulmana y salvaron al Imperio Bizantino y, de manera indirecta, a la Europa cristiana, pues sin lugar a dudas, si Constantinopla hubiese sucumbido, esto habría abierto las puertas a la invasión musulmana de Europa oriental. El Imperio Bizantino y el Islam establecieron ahora una precaria frontera en el sur de Asia Menor.

El avance árabe llegó, por fin, a su término, pero no sin antes haber logrado la conquista de las partes del mediterráneo oriental y austral del viejo Imperio Romano. El Islam se convirtió, en verdad, en el heredero de gran parte del antiguo Imperio Romano. La dinastía omeya de Damasco gobernaba ahora un enorme imperio. Si bien esta expansión había llevado al seno del Islam una riqueza inimaginable, así como nuevos grupos étnicos, también lo puso en contacto con las civilizaciones bizantina y persa. Como resultado, el nuevo Imperio Árabe se vería influido por la cultura griega, así como por las añejas civilizaciones del antiguo Cercano Oriente. Los hija de los conquistadores serían educados de nuevas maneras y producirían una brillante cultura que, con el tiempo, influiría intelectualmente en la Europa occidental.

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sábado, octubre 30, 2010

Dos imágenes de Iglesia (J. A. Pagola 3.X,2010)

José Antonio Pagola, teólogo vasco, autor de "Jesús. Aproximación histórica"

"Hay una confrontación entre dos modelos de Iglesia"

"Jesús puede ser un desafío demasiado peligroso para la Iglesia actual”

Redacción, 03 de octubre de 2010

El sacerdote vasco José Antonio Pagola (Guipúzcoa, 1937), el ya célebre autor de «Jesús. Aproximación histórica», mantiene una visión contemporánea y radical de Jesucristo. El número dos de José María Setién en la diócesis de San Sebastián vendió 40.000 ejemplares de su libro en dos meses, antes de que la Conferencia Episcopal tomara cartas en el asunto y fuera retirado de las librerías eclesiásticas y diocesanas por la editorial católica que lo publicó. Asegura que "Jesús puede ser un desafío demasiado peligroso para la Iglesia actual" y que es evidente que, en la actualidad, "hay una confrontación entre dos modelos de Iglesia o dos sensibilidades sobre la interpretación del Vaticano II".

Lo entrevista Matías Vallés en La Nueva España.

-¿Se considera una víctima?

No. En mi libro presento a Jesús como conflictivo y peligroso, ahora he comprobado en mi propia carne que lo fue y lo será siempre. Cuando se conocen sus palabras de fuego, su libertad para defender a las personas, su proyecto de una sociedad al servicio de los últimos o su crítica a una religión vacía de compasión, Jesús genera reacciones encontradas de atracción o de rechazo. Creo que, en buena parte, mi libro ha suscitado inquietud cuando se ha captado que Jesús puede ser un desafío demasiado peligroso para la Iglesia actual.

-¿Jesucristo era más hombre que Dios?

Probablemente nadie ha ejercido un poder tan grande sobre los corazones como Jesús, nadie ha expresado como él las inquietudes e interrogantes del ser humano, nadie ha despertado tantas esperanzas. Todavía hoy, cuando las ideologías y religiones experimentan una crisis profunda, Jesús sigue alimentando la fe de millones de hombres y mujeres. Los cristianos pensamos que Jesús es tan plenamente humano que no es como nosotros. Leonardo Boff decía que «tan humano sólo puede ser Dios». Para mí, Jesús es Dios hablándonos, acompañándonos y salvándonos desde este hombre entrañable.

-¿El nombramiento de Munilla es un desafío de Rouco a la Iglesia nacional vasca?

Es un error analizar lo ocurrido en San Sebastián desde claves exclusivamente políticas. Pienso, más bien, que lo que se vive en mi diócesis es, sobre todo, un conflicto eclesial que se está produciendo también en otras partes, como consecuencia de una confrontación entre dos modelos de Iglesia o dos sensibilidades sobre el contenido y significado del Vaticano II o sobre el quehacer de la Iglesia en la sociedad secularizada. Lo lamentable es que, por lo general, nuestras mutuas descalificaciones no nos están conduciendo hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su proyecto.

-¿Leerá el libro de Hawking que niega la existencia de Dios?

No. Siempre me han interesado los trabajos de Stephen Hawking sobre astronomía, pero no sus conjeturas sobre Dios. Los expertos en el diálogo ciencia-fe afirman que ni las religiones pueden probar la existencia de Dios ni las ciencias su no existencia. Parece que el hombre moderno ha decidido que lo que el ser humano no puede probar científicamente, no existe.

-¿Dios es necesario?

Dios no es necesario para ganar dinero, adquirir poder o lograr bienestar. Tampoco para dispensarnos del mal, del sufrimiento o las desgracias de la vida. Dios nos sirve a los creyentes para enfrentarnos con una luz, un estímulo y un horizonte nuevo a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.

-¿Le gustaría mantener un debate abierto con Benedicto XVI sobre los contenidos de su libro?

Me gustaría que en Roma se escucharan las diversas corrientes teológicas existentes en el seno de la Iglesia -no sólo en Europa- pero, sobre todo, me alegraría que la jerarquía liderara un movimiento de conversión a Jesucristo. Nada hay más urgente.

-¿Tomaría Jesús las mismas decisiones que el Vaticano sobre la mujer?

Jesús critica una sociedad patriarcal que establece el dominio y el poder del varón sobre la mujer. Esta actuación de Jesús nos está exigiendo hoy una revisión profunda de la situación injusta de la mujer en la Iglesia y en la sociedad, una toma de conciencia más viva de nuestra infidelidad a Jesús y un proceso valiente de renovación orientado a que la mujer pueda disfrutar de su dignidad, sus derechos y su protagonismo.

-¿Jesucristo acabó en una fosa común como los desaparecidos de la Guerra Civil?

No, históricamente es muy poco probable. Esta hipótesis del norteamericano John Dominic Crossan no encuentra apenas aceptación entre los especialistas.

-Incluso sus críticos más acerbos se han rendido ante el brillante estilo literario de «Jesús».

Lo que a mí me llena de alegría es comprobar que muchas personas que leen mi libro sienten a Jesús más vivo y cercano, encuentran un sentido diferente a su vida, se despierta en ellos el deseo de una vida más humana. Encuentran en mi libro algo que yo no he puesto.

-¿Pensó alguna vez que se convertiría en un superventas?

Nunca. De ordinario, el éxito de un libro se mide en esta sociedad por el número de ejemplares vendidos. Yo no lo creo así. De «El código da Vinci» de Dan Brown se han vendido millones de copias, pero yo lo considero un fracaso, pues no introduce verdad ni esperanza, no acerca al misterio de Jesús, no ayuda a vivir de manera más humana.

-¿Abundan las contradicciones en el discurso de Jesús en los evangelios?

Los evangelios no son relatos biográficos redactados para ofrecer información precisa de carácter histórico. Son relatos en los que, de forma variada y matizada por cada evangelista, se recoge la memoria de Jesús. Para aproximarnos al contenido histórico que conservan sobre Jesús es necesario contrastarlos, analizar los géneros literarios que emplean, los procedimientos narrativos, el vocabulario propio de cada evangelista, el contexto.

-¿Jesucristo expulsaría a los mercaderes del Vaticano?

No hay que esperar a que vuelva Jesús. Desde los millones de hambrientos y desnutridos de la tierra, desde los pobres olvidados por las religiones, desde las mujeres humilladas en todos los pueblos, Jesús nos está gritando ahora mismo a los dirigentes del Vaticano y a todos los que nos decimos cristianos que expulsemos de la Iglesia riquezas, poderes, grandezas o intereses que ocultan su mensaje de esperanza.

-¿Se puede seguir a Jesús sin seguir a su Iglesia?

En estos momentos yo no encuentro otra manera mejor de seguir a Jesús que viviendo en esta Iglesia, pero esforzándome por convertirme yo mismo al Evangelio y trabajando por alentar en ella un clima de conversión a Jesús.

-¿La crisis económica que tanto nos ocupa provocará un renacimiento de la espiritualidad?

Observo que el deseo de espiritualidad se despierta sobre todo en personas que experimentan con fuerza el vacío existencial, el sinsentido de su vida, el hartazgo de bienestar. No es fácil vivir una vida que no apunta hacia ninguna meta.

-¿Qué saca un no creyente de la lectura de su libro?

He recibido muchos cientos de cartas y escritos de lectores no creyentes. La mayoría me dicen que se han encontrado con un Jesús que ni siquiera sospechaban, algunos se han sentido llamados a replantearse su vida con más verdad y honestidad, bastantes se han sentido liberados de miedos y fantasmas religiosos que les han hecho sufrir mucho a pesar de haberse distanciado de la Iglesia, bastantes quedan conmovidos por un Dios amigo que ama con amor increíble e inmerecido a todos sus hijos. Algunos dicen: Ojalá exista ese Dios, bastantes se animan a trabajar por un mundo más humano y justo.

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martes, abril 27, 2010

Sobre la Iglesia; entrevista a José Antonio Pagola, Teólogo

En plena cuaresma y a un paso de celebrar la Pasión y Gloria de Jesús de Nazaret, ¿quién mejor para hablarnos de él que el artífice de un auténtico best-seller de la teología? El autor de Jesús, aproximación histórica (PPC), ha hablado en exclusiva para 21 sobre Cristo y su radical desafío a los creyentes. Desde la paz interior de un hombre que, al estudiarlo, se ha sentido mucho más cerca de Dios.

Mª. ÁNGELES LÓPEZ ROMERO
"Revista 21" de los Sagrados Corazones.

Desde hace algún tiempo viene insistiendo mucho en la importancia de volver a Jesús.

Respuesta:
Están creciendo entre nosotros algunos hechos que, a mi juicio, no nos van a conducir a la renovación que la Iglesia necesita. Pienso en el desencanto y la pasividad de muchos cristianos sencillos que viven este momento con desconcierto y pena; el clima de enfrentamientos y descalificaciones entre colectivos de sensibilidades opuestas; la ausencia de diálogo entre obispos y teólogos; las lamentaciones estériles; el miedo a la creatividad y el diálogo con el mundo actual; el restauracionismo hacia el que parece tender cada vez más la jerarquía.

¿Cómo debemos reaccionar ante esto?

Respuesta:
Necesitamos urgentemente movilizarnos y aunar fuerzas para centrar a la Iglesia con más verdad y fidelidad en la persona de Jesús y en su proyecto del reino de Dios. Muchas cosas habrá que hacer, pero ninguna más decisiva que esta conversión.

¿En qué consistiría?

Respuesta:
No estoy pensando en un aggiornamento pastoral, unas reformas religiosas o unas mejoras en el funcionamiento eclesial, algo, por otra parte, necesario. Pero, cuando el cristianismo no está centrado en el seguimiento a Jesús, cuando la compasión no ocupa un lugar central en el ejercicio de la autoridad ni en el quehacer teológico, cuando los pobres y los últimos no son los primeros en nuestras comunidades…, creo que lo más urgente es impulsar la conversión al Espíritu que animó la vida entera de Jesús. Volver a las raíces, a lo esencial, a lo que Jesús vivió y contagió.

¿Cómo sería esa Iglesia convertida?

Respuesta:
Una Iglesia preocupada por la felicidad de las personas, que acoge, escucha y acompaña a cuantos sufren; a la que la gente reconoce como “amiga de pecadores”. Una Iglesia donde la mujer ocupe el lugar querido realmente por Jesús. Una Iglesia más sencilla, fraterna y buena, humilde y vulnerable, que comparte las preguntas, conflictos, alegrías y desgracias de la gente.

Pero ¿no hay una necesidad grande de reformas concretas en el funcionamiento y organización de la Iglesia?

Respuesta:
Sí, y no pocas. Es probable que en los próximos años se intensifiquen los debates sobre la reforma de la Curia romana, el ejercicio del ministerio de Pedro, el nombramiento de obispos, el lugar de la mujer en la Iglesia, la inculturación, la creatividad litúrgica, los caminos reales hacia el ecumenismo… Pero pienso que, si no existe, al mismo tiempo, un clima de conversión apasionada a Jesús, los debates y discusiones nos llevarán una y otra vez a enfrentamientos, divisiones y pérdida de energía.

¿Cree que ese proceso de conversión aún es posible?

Respuesta:
Creo que hemos de abandonar ya una lectura del momento actual en términos de crisis, secularización, desaparición de la fe… Necesitamos hacer una lectura más profética, introduciendo en nuestro horizonte otras preguntas: ¿Qué caminos está tratando de abrir hoy Dios para encontrarse con sus hijos e hijas de esta cultura moderna? ¿Qué relación quiere instaurar con tantos hombres y mujeres que han abandonado la Iglesia? ¿Qué llamadas está haciendo Dios a la Iglesia de hoy para transformar nuestra manera tradicional de pensar, vivir, celebrar y comunicar la fe, de modo que propiciemos su acción en la sociedad moderna?

Esto no es fácil...

Respuesta:
En unos tiempos en que se está produciendo un cambio sociocultural sin precedentes, la Iglesia necesita una conversión sin precedentes. Necesitamos un “corazón nuevo” para engendrar de manera nueva la fe en Jesucristo en la conciencia moderna.

¿Qué responsabilidad tenemos en esto como creyentes de a pie?

Respuesta:
Tal vez, el rasgo más generalizado de los cristianos que todavía no han abandonado la Iglesia es seguramente la pasividad. Durante muchos siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. La responsabilidad de los laicos y laicas ha quedado muy anulada. Por eso, creo que la primera tarea de todos es ir creando comunidades responsables. Todos somos necesarios a la hora de pensar, proyectar o impulsar la conversión a Jesucristo.

¿Es posible poner más verdad en el cristianismo actual?

Respuesta:
No hemos de tener miedo a poner nombre a nuestros pecados. No se trata de echarnos las culpas unos a otros. Lo que necesitamos es reconocer el pecado actual de la Iglesia, del que todos somos más o menos responsables, sobre todo con nuestra omisión, pasividad o mediocridad. Ha sido una pena que hayamos entrado en el siglo XXI celebrando solemnes jubileos y sin promover una revisión honesta de nuestro seguimiento a Jesús. A veces, me sorprende nuestra agudeza para ver el pecado en la sociedad moderna y nuestra ceguera para verlo en nuestra Iglesia.

¿Qué nos exige esto?

Respuesta:
Buscar una calidad nueva en nuestra relación con Jesús. Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, confesado sólo de manera abstracta, un Jesús mudo del que no se escucha nada de interés para el mundo de hoy, un Jesús apagado que no seduce, que no llama ni toca los corazones …, es una Iglesia que corre el riesgo de irse apagando, envejeciendo y olvidando.
Le da mucha importancia a poner en el centro de las comunidades cristianas el relato evangélico. ¿Por qué?

Respuesta:
Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Lo que en ellos se recoge es el impacto causado por Jesús en los primeros que se sintieron atraídos por él. Son “relatos de conversión”. En esta actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y el seno de cada comunidad.

¿Qué nos enseña el relato evangélico?

Respuesta:
El estilo de vida de Jesús: su manera de ser, de amar, de preocuparse por el ser humano, de aliviar el sufrimiento, de confiar en el Padre. Este esfuerzo por aprender a pensar, sentir, amar y vivir como Jesús debería estar en el centro de las comunidades.

¿Tendríamos que repensar la Iglesia al estilo de Bonhoeffer, menos institución y más disuelta en la masa?

Respuesta:
La tentación más grave de la Iglesia actual es fortalecer la institución, endurecer la disciplina, conservar de manera rígida la tradición, levantar barreras … Se me hace difícil reconocer en todo esto el Espíritu de Jesús que nos sigue invitando a poner “el vino nuevo en odres nuevos”. El restauracionismo puede llevarnos a hacer una religión del pasado, cada vez más anacrónica y menos significativa para el hombre y la mujer de hoy.

Se habla del peligro de convertirnos en un islote dentro de la sociedad moderna.

Respuesta:
Tenemos que aprender a vivir en minoría, no de manera dominante y hegemónica, sino compartiendo con otros la condición de perdedores en esta sociedad. A muchos la Iglesia se les presenta hoy como una institución lejana que sólo parece enseñar, juzgar y condenar. El hombre moderno en crisis necesita conocer una Iglesia cercana y amiga, que sepa acoger, escuchar y acompañar.

¿Y en qué dirección tendrían que cambiar nuestros lenguajes y modos de transmisión de la fe?

Respuesta:
Sé que el lenguaje teológico y doctrinal es absolutamente indispensable para dialogar con el pensamiento moderno, pero creo que es un error tratar de iniciar a la fe o alimentarla, dando primacía a la exposición doctrinal, explicada casi siempre en categorías premodernas. A mi juicio, hemos de recuperar y dar más relevancia a la experiencia fundante que vivieron junto a Jesús los primeros discípulos, y, sobre todo, a la enseñanza de su estilo de vida. Hemos de aprender a creer desde la sensibilidad, la inteligencia y la libertad de nuestra cultura contemporánea: poner el Evangelio en contacto con las preguntas, miedos, aspiraciones, contradicciones, sufrimientos y gozos de nuestros tiempos.

¿Es posible mirar hacia el futuro de la Iglesia con esperanza?

Respuesta:
Lo primero es construir nuevas bases que hagan posible la esperanza. Hemos de aprender a despedir lo que ya no evangeliza ni abre caminos al reino de Dios, para estar más atentos a lo que nace, lo que abre hoy con más facilidad los corazones a la Buena Noticia. Al mismo tiempo, hemos de impulsar la creatividad para experimentar nuevas formas y lenguajes de evangelización, nuevas propuestas de diálogo con gentes alejadas, espacios nuevos de responsabilidad de la mujer, celebraciones desde una sensibilidad más evangélica… Creo que hemos de dedicar más tiempo, oración, escucha del evangelio y energías a descubrir llamadas y carismas nuevos para comunicar hoy la experiencia de Jesús.

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domingo, marzo 28, 2010

Gresca por Cristo

El País.com – 13.III.10

REPORTAJE: DEBATE SOBRE JESUCRISTO

La jerarquía episcopal fuerza a retirar de la venta el libro de Pagola sobre Jesús, avalado por el obispo Uriarte después de algunas 'correcciones' y del que se han vendido ya 80.000 ejemplares

JUAN G. BEDOYA 14/03/2010

El teólogo Juan Antonio Pagola, autor del controvertido y exitoso libro Jesús. Aproximación histórica.- JESÚS URIARTE

Se llamaba Yeshúa, y a él probablemente le agradaba. El nombre quiere decir Yahvé salva. Se lo había puesto su padre el día de la circuncisión. Era un nombre tan corriente en aquel tiempo que había que añadirle algo más para identificar bien a la persona. En su pueblo, la gente lo llamaba Yeshúa bar Yosef, Jesús, el hijo de José. En otras partes le decían Yeshúa ha-notsrí, Jesús el de Nazaret".

La Conferencia Episcopal no se atreve a censurar en público un libro avalado por uno de sus obispos destacados. El teólogo Pagola no discute el dogma de Nicea, pero los críticos le acusan de dibujar un Jesús demasiado humano.

Si, como dijo el poeta, el primer verso te lo dan los dioses, este primer párrafo del capítulo uno del libro Jesús. Aproximación histórica subraya el estilo vibrante con que el teólogo Juan Antonio Pagola ha escrito 569 páginas sobre el fundador cristiano. Se han vendido 80.000 ejemplares en castellano, euskera y catalán, y ha sido traducido a otros idiomas. Es, como suele decirse, un best seller, un superventas. Pero no ha gustado a la jerarquía del catolicismo. La editorial PPC, de la congregación marianista, ha ordenado a las librerías religiosas que retiren los ejemplares no vendidos. Los publicados en euskera por la editorial-librería diocesana Idatz y en catalán por Claret siguen en el mercado. En la trifulca están implicados cardenales y obispos, aquí y en Roma, a favor y en contra.

Los cronistas de la antigüedad escribieron que Jesús de Nazaret fue ejecutado como un malhechor porque estorbaba a los poderosos. Cuando se cumplió la sentencia, en las afueras de Jerusalén, junto a una vieja cantera, probablemente el 7 de abril del año 30, ya estaba claro que el sistema no soportaba el empeño del nazareno en anunciar un vuelco de la situación con su programa sobre el reino de Dios y de una nueva justicia.

Las disputas sobre el fundador cristiano vienen de lejos porque la jerarquía del cristianismo ha acuñado la imagen de un fundador celeste, y no quiere controversia ni contraopinantes. El último ejemplo es el Jesús de Nazaret del papa Benedicto XVI (de civil, teólogo Joseph Ratzinger), publicado el año pasado, también un superventas. Este próximo verano sale un segundo tomo y la jerarquía no quiere rivales o comparaciones, ni en ventas, ni doctrinalmente.

La disputa principal sobre Jesús se ha centrado en si el nazareno era hijo de Dios y no un nuevo mesías. Ha sido el elemento de exasperación para la jerarquía desde los tiempos en que Pablo de Tarso, auténtico secretario de organización de esa iglesia, puso firme al apóstol Pedro en el concilio de Jerusalén, celebrado en torno al año 46. De entonces para acá, y sobre todo desde el concilio de Nicea (año 325), donde el emperador Constantino impuso la paz teológica aplastando la cabeza de los seguidores de Arrio, son incontables los teólogos que penan por ir más allá de lo que el aparato les tenía permitido. Cuando la sabiduría popular acuñó la expresión "¡Y se armó la de Dios es cristo!", se refería a las consecuencias, a veces sangrientas, de esos enfrentamientos.

Pagola no discute el dogma de Nicea, pero sus detractores ven a su Jesús demasiado humano. Algunos se atreven incluso a acusarle de arriano. Gran parte de las correcciones introducidas en la novena edición del libro se dirigían a espantar esa maledicencia. En todo caso, el Jesús de Pagola no tiene esposa ni hijos, come y bebe con pecadores, trata con prostitutas y no vive preocupado por la impureza ritual. Tampoco tiene rechazo alguno a la mujer, sino todo lo contrario. Y su comportamiento en sociedad resultaba desconcertante. Nada que ver con el Jesús reinante entre la acomodada nomenclatura romana. Lo dejó escrito ya Dostoievski en el capítulo quinto de Los hermanos Karamazov, cuando se encuentran en un calabozo de Sevilla un prepotente Gran Inquisidor y el pobre nazareno crucificado.

Lo curioso en esta gresca episcopal contra el Jesús de Pagola -así se conoce ya a este libro -, es que la edición retirada de las librerías, la novena, había sido corregida por el autor para satisfacer a alguno de sus censores, y se publicó con el Nihil obstat et imprimatur del obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte. Ocurrió a finales del año pasado, antes de que éste fuese relevado en el cargo por José Ignacio Munilla, de carácter más conservador. El Nihil obstat (No existe impedimento) supone una aprobación oficial, desde el punto de vista moral y doctrinal, de una obra que aspira a ser publicada con las bendiciones eclesiásticas.

Antes de avalar a Pagola, Uriarte se hizo asesorar por tres teólogos destacados -entre ellos, el arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián-, y consultó a especialistas en cristología en el mismísimo Vaticano. Dos de los informes recabados fueron favorables al nihil obstat, y uno contrario. Ni por esas. Los críticos han seguido alzando su voz, hasta forzar a la editorial PPC a retirar el libro. También arrecian las críticas más severas a Uriarte por avalarlo.

No consta orden expresa de retirar el libro, ni una condena pública sobre esa novena edición. Ni hay, ni se espera. La razón es sencilla. Salvo que hable el Vaticano, -la conocida proclama: Roma locuta, causa finita: cuando Roma habla, se acabó la discusión-, en las trincheras de esta batalla teológica y de poder hay prelados de mucho peso en cada bando. A un lado, intransigentes con todo lo que suena a distinto o distante, se alzan el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco, con el poder que le da la presidencia de la Conferencia Episcopal, y el secretario portavoz de ésta, el jesuita Juan Antonio Martínez Camino, también obispo auxiliar de Rouco en el arzobispado; enfrente, prelados que lo han sido todo en la organización episcopal, como el propio Uriarte, durante años miembro de su Comité Ejecutivo, e incluso el arzobispo Fernando Sebastián, el teólogo preferido de mítico cardenal Tarancón y ex vicepresidente de la conferencia de prelados muchos años.

En ambas trincheras se ha expresado también lo más granado de la atribulada teología española y han alzado la voz las iglesias de base y el activo Foro de Curas. "Queremos manifestar nuestro rechazo e indignación ante el hecho de que vuelve a ser proscrito el quehacer teológico de un compañero cura y teólogo, que a tantas personas sencillas y comunidades cristianas ha ayudado. Nos producen especial y desagradable sorpresa las desautorizaciones entre obispos al más alto nivel", ha dicho este foro en un manifiesto, la semana pasada.

Otro clamor en favor de teólogo guipuzcoano se ha alzado en su misma diócesis, a cargo de la mayoría de sus sacerdotes (252, sobre un censo de unos 300). En una carta pública han expresado su solidaridad con Pagola y denunciado que éste padece "persecución y maltrato". El ex vicario de esa diócesis, Félix Azurmendi, incluso ha publicado en El Diario Vasco, en San Sebastián, un artículo con el título Pedimos la verdad, acusando a los "sectores más conservadores de la Iglesia" de perseguir un libro que "ayuda a creer", y criticando "el modo oscurantista" utilizado. Azurmendi concluye con una exigencia de explicación pública porque, afirma, "la diócesis de San Sebastián se merece un respeto".

Pese a la actual virulencia de estas disputas, el conflicto viene del invierno de 2007, cuando la Congregación para la Doctrina de la Fe en España (el antiguo Santo Oficio de la Inquisición) anunció que estaba preparando una llamada Notificación de censura contra Pagola. Objetivo: desactivar los efectos del libro y frenar su vertiginosa difusión.

Como Pagola no es un eclesiástico cualquiera, aquel empeño hubo de superar no pocos obstáculos. José Antonio Pagola (Añorga. Guipúzcoa. 1937) estudió Teología y Ciencias Bíblicas en la Universidad Gregoriana de Roma, en el Instituto Bíblico Romano y en la École Biblique de Jerusalén, y desempeñó el cargo de vicario general de la diócesis de San Sebastián, con el obispo José María Setién. Sigue siendo director del Instituto de Pastoral guipuzcoano, con Munilla como nuevo pontífice diocesano. Es autor de otra veintena de libros – entre los últimos, Salmos para rezar desde la vida (2004) y Jesús ante la mujer (2006).

Fue el entonces obispo de Tarazona -ascendido más tarde a Córdoba-, Demetrio Fernández, quien primero alzó la voz contra Pagola. Licenciado en Teología Dogmática en la Pontificia Gregoriana de Roma y ex profesor de Cristología en el Instituto Teológico San Ildefonso de Toledo, este prelado es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, la encargada de velar por la recta doctrina en España. Pero su execración contra Pagola no fue un documento oficial. La diatriba se publicó sólo en el boletín diocesano de Tarazona, con el título El libro de Pagola hará daño. Sucedió en la Navidad de 2007. Decía: "Me produce profunda preocupación que este libro se difunda tanto. El Jesús de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia. Se lee con gusto por el buen estilo literario de su autor, pero sembrará confusión, también en mi diócesis, pequeña y humilde, que vive influenciada por los fenómenos de masas".

El obispo de la comisión doctrinal ya se temía entonces el éxito de ventas. "Me llegan noticias de que el libro de J. A. Pagola se está vendiendo como rosquillas. Incluso en una de mis visitas pastorales quisieron regalármelo como el mejor de los presentes". Concluía su alegato animando "a otros, pastores o teólogos", a que se ocupasen de un libro "que tanto daño puede hacer a nuestros fieles, sobre todo a los más sencillos".

La veda quedaba abierta. Arreciaron los escritos contra Pagola, algunos promovidos desde la Conferencia Episcopal, pero también los apoyos, en una ola creciente que el propio Pagola se vio obligado a contestar. "Son muchos los que me preguntan cómo estoy y qué está sucediendo (...) Estoy escuchando desde dentro las palabras de Jesús a sus seguidores: no juzguéis a nadie... No condenéis a nadie. Perdonad. Conozco bien los sentimientos de Jesús. Por eso rezo por los que me rechazan. Lo hago con nombres y apellidos. Pienso de verdad que, en el fondo, no saben lo que están haciendo".

Aquel Jesús. Aproximación histórica tenía 539 páginas; el corregido después para satisfacer a los censores, sin éxito, alcanza las 569 páginas. Las primeras ocho ediciones se vendieron pronto y sin el nihil obstat eclesiástico. Si la editorial PPC no retiró el libro entonces fue porque nadie se lo pidió. Tampoco ha recibido indicación alguna ahora, no de forma directa. Perteneciente al grupo SM, de la congregación marianista, PPC forma parte de un rentable conglomerado editorial con fuerte presencia en Hispanoamérica. Edita también libros de texto y la prestigiosa revista cristiana Vida Nueva, que lanzará esta primavera ediciones en varios países hispanoamericanos. Su director, el sacerdote Juan Rubio Fernández, acaba de publicar un libro a la manera del famoso Diario de un cura rural, de Georges Bernanos. Se titula En memoria mía. Fragmentos de la vida de un cura. El capítulo titulado "Más diálogo y comunión" lo empieza con la famosa consigna de san Agustín: "En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad". El cura del libro de Juan Rubio, como Pagola en su carta de queja, también añora una iglesia "hogar de comunión y no un cuartel blindado".

Una condena expresa de la moderna inquisición española al Jesús de Pagola, con la complacencia de Roma, hubiera retirado el libro de las estanterías, como le ha ocurrido a la novena edición, pese a contar ésta con el nihil obstat del prelado de San Sebastián. ¿Por qué no se hizo? ¿Cuál ha sido el papel del nuevo obispo de San Sebastián, el correoso Munilla, en esta historia? No hay respuestas, de momento. Munilla calla. Es impensable que vaya a desautorizar a su predecesor, pero tampoco apoyará a Pagola. Pero sí se ha reunido con el teólogo censurado, sin trascendencia pública alguna, y de momento lo mantiene en el cargo de director del Instituto diocesano de Pastoral.

La cruda realidad para la jerarquía conservadora es que, como se temía el obispo Demetrio Fernández, las tribulaciones del libro incrementaron su difusión, ya extraordinaria entonces en un texto de teología. Ni siquiera ha podido neutralizarlo la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal cuando se decidió en junio de 2008 a hacer publica su "nota doctrinal" (eufemismo de censura) acusando a Pagola de "tergiversar" el sentido de la vida de Jesús. Presidida entonces por el cardenal de Valencia, Agustín García Gasco, ya jubilado, la comisión señalaba tres deficiencias "principales" de la obra: "la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia"; "la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios", y "facilitar la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos que acaban tergiversándola". También señalaba como deficiencias doctrinales "la presentación de Jesús como un mero profeta"; la negación de su conciencia filial divina, y la negación del sentido redentor dado por Jesús a su muerte, entre otras.

Frente a esas execraciones, abundan los obispos que ven muchos méritos y virtudes en el Jesús de Pagola. Pero nadie lo ha defendido tanto como su superior jerárquico, el ya emérito Uriarte. Lo ha hecho en escenarios diversos, por ejemplo en la Universidad de Deusto (ante todos los ámbitos de la sociedad vasca), y en una conferencia en la Tribuna Euskadi del Fórum Europa. Según Uriarte, el libro es un "intento serio de aproximación histórica, honesta, documentada y bien hecha". También ha dicho que su decisión de apoyar la publicación con el nihil obstat la tomó "con todo el corazón y el alma".

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sábado, marzo 28, 2009

CARTA ABIERTA A BENEDICTO XV

José Ignacio González Faus, SJ
15 de marzo de 2009

Hermano Pedro:

es muy de agradecer que un Papa pronuncie los elogios de la razón que venimos oyéndote, así como el reconocimiento hecho a J. Habermas de que puede haber –y hay– unas patologías de la religión; y la oferta del cristianismo como síntesis entre la razón humana y esa relación del hombre con el Trascendente a la que llamamos fe.

Cuando leo agradecido esas palabras, temo caer en aquello del Evangelio de ver la irracionalidad en el ojo ajeno y no ver la sinrazón en el propio. Me atrevo por eso a presentar algunas sinrazones que me parece percibir en nuestro catolicismo actual.

1. No es racional la falta de procedimientos democráticos en la Iglesia de hoy. Sabes que, cuando Bellarmino defendía al papado contra los protestantes, se apoyaba en argumentos de razón y no en los textos revelados: la monarquía (pensaban entonces) es el sistema más racional; es así que Dios quiere lo mejor para su Iglesia. Luego… Mucho antes de Bellarmino, las iglesias primeras fueron estructurándose en torno a los ancianos (eso significa la palabra griega presbíteros). Entonces, cuando la vida era más corta, los ancianos representaban la experiencia; por eso parecía que la manera más racional de estructurar un grupo era en torno a los que hoy llamaríamos expertos. Lo mismo pensaba la sociedad civil, como muestra la palabra senadores (derivada de seniores que es la traducción latina del griego presbíteros). Hoy en día hemos progresado algo, y estamos convencidos de que, pese a sus lastres y defectos, la democracia es el modo más razonable de estructurar una sociedad. No constituye pues buen testimonio la falta de democracia en nuestra Iglesia, por más que el autoritarismo sea más cómodo. También en este punto sería fácil atisbar la síntesis entra la razón y el evangelio (remito a Lucas 22: vosotros no procedáis como los poderes autoritarios de las naciones).

2. No parece señal de racionalidad el lugar que ocupa la mujer en la Iglesia. Algún filósofo de la historia dijo que una civilización se mide por el lugar que en ella ocupa la mujer. No creo que nuestra iglesia dé aquí un testimonio de aprecio a la razón. Ni hacemos un servicio a Dios cuando lo presentamos como salvaguarda de esta situación irracional nuestra. Porque también en este punto sería fácil encontrar la síntesis entre lo que parece decirnos la razón y lo que dice el Nuevo Testamento, que va mucho más lejos (Gal 3,28: “en Cristo Jesús” no hay distinción entre varón y mujer).

3. Tampoco es racional valorar más la costumbre acrítica que el uso de la sensatez, en la configuración de las comunidades. Muchos cristianos conocen esta anécdota de tu pontificado: a poco de ser elegido criticaste la costumbre de nombrar obispos como premio de ascenso, por unos servicios prestados. Reivindicabas que el concilio de Calcedonia (ya en el s. V) prohibió que se nombraran pastores sin rebaño. Como puesta en acto de este criterio destinaste a Cracovia al antiguo secretario de Juan Pablo II, a quien éste había hecho obispo para agradecerle sus servicios. Hasta aquí perfecto. Pero poco después, la curia romana te obligó a consagrar obispos a tres monseñores que habían accedido a un argo, no de responsables de una iglesia concreta, sino de gestión en la burocracia curial. Se te arguyó que era una venerable tradición de la Iglesia… Pero queda la duda de si a esa tradición de nombrar gobernadores de ningún lugar se la debe llamar venerable o irracional. Si uno lee las palabras de Jesús en Mt 15 (“quebrantáis la voluntad de Dios por aferraros a vuestras tradiciones”) encontraríamos otra vez que la razón y la fe se abrazan. Podría seguir con otros ejemplos (el tema de los milagros para las canonizaciones no parece funcionar según los dictámenes de una razón serena sino de otros intereses. La frase de que los hábitos o el vestido talar son una señal de trascendencia suscita la sospecha de si no estaremos confundiendo lo Transnacional con lo irracional o incluso lo estrafalario... También aquí la razón y la fe podrían encontrarse con facilidad, si nos decidiéramos a ser más sensatos y más creyentes).

Pero no hay espacio para más, y quiero terminar con una anécdota. Hace unos veinte años la Iglesia era –según las encuestas– la institución con más crédito en Brasil. Se degolló a la teología de la liberación (calumniándola de marxista cuando, a lo más, tenía dos o tres mechas de marxismo), se decapitaron las comunidades de base (calumniándolas de iglesia paralela cuando sólo eran críticas con la institución eclesial), se descafeinó a casi todo el episcopado brasileño, y se apagó la mecha humeante de muchas liturgias que intentaban ser inteligibles y celebrativas.

Hoy asistimos a un declive de la Iglesia en Brasil y, en lugar de reconocer la propia culpa romana, se acusa a los brasileños de no evangelizar… Por eso es un ejemplo a agradecer tu valentía para rectificar lo que dijiste allí de que la evangelización de América Latina no supuso maltrato ni crímenes contra los indios. Desgraciadamente los supuso: tanto que un obispo de Tucumán pedía a los jesuitas fundar unas reducciones “para mantener a los indios lejos de los maléficos ejemplos de los blancos”. Sí que tuvo la Iglesia una pléyade de defensores de los indios (Las Casas, Valdivieso, Vasco de Quiroga y otros muchos), maltratados por poderes oficiales, políticos y religiosos. Gracias, pues, por haber sabido rectificar. Es una prueba más de que la falta de miedo nos lleva a la verdad y ésta nos hace libres.

José Ignacio González Faus, SJ

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¿Puede la Curia odiar a su Papa y querer devorarle? (Benedicto XVI)

XABIER PIKAZA
16 de marzo de 2009

Quise haber cerrado ayer mi reflexión sobre la carta que el Papa dirigió el pasado 10 a los obispos católicos del mundo sobre el tema de Lefebre y sus obispos. Por eso terminaba mi reflexiones afirmando: «No me queda nada que decir. He comentado la carta de Benedicto XVI y le doy gracias por ella». Lo decía sinceramente, no quería entrar más en un tema tan personal. Pero sabía que quedaba mucho por decir, precisamente lo más importante… como suele pasar con frecuencia. Así me lo han recordado varios amigos, llamándome: ¿Por qué no comentas las palabras finales que citabas, donde el Papa se identifica con los de Lefebre, como el objeto de odio de todos? ¿Por qué no aludes a la cita final de Gal 5, donde el Papa se atreve a decir que quieren comerle y devorarle, con palabras que él toma de Pablo? Con temor y temblor responderé a sus peticiones, comentando hoy esos últimos pasaje de la carta y ofreciendo desde aquí mi respeto y reverencia al Papa, como persona odiada, como signo de unidad de la Iglesia?

Los de Lefebre y el Papa: Un grupo odiado por todos

Escribo de forma tanteante, porque el Papa no dice directamente quiénes son los que le “odian” y me gustaría que lo hubiera dicho, de manera más clara. De todas formas, gran parte de los comentadores afirman que el Papa está refiriéndose a su Curia (aludiendo quizá a algunos obispos del centro de Europa). Sea como fuere, está aludiendo [a] sus colaboradores más inmediatos. Las últimas palabras de su texto que yo citaba ayer dicen así:

- A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas.

El Papa alude al famoso mecanismo del “chivo emisario/expiatorio” al que todos echan la culpa, quedando así tranquilos, pensándose ellos buenos. Para el Papa, ese chivo expiatorio al que todos, en este caso, condenan son los de Lefebre… y de esa forma, él mismo, que les ha querido ayudar, se convierte también en chivo emisario, objeto de odio universal, precisamente por haber amado.

a) Nuestra sociedad tiene necesidad de un chivo… El Papa habla en general… Pero es evidente que se está refiriendo a su entorno, a su Curia, a sus obispos. Los que estamos lejos no tenemos problemas con los de Lefebre, ni amor ni odio (en el sentido del chivo).

b) El Papa se ha acercado al chivo… y lo ha hecho con amor. Me parece muy bien, yo le alabo. No ha querido echar las culpas a los de Lefebre, se ha unido con ellos, les ha ofrecido su solidaridad. Pero de esa manera se ha convertido en objeto de odio de los que odian al "chivo".

c) Por eso al Papa le odian como se odia al chivo: El Papa lo dice con toda claridad, afirmando que le han tratado “con odio, sin temor, ni reservas…”. Estamos ante un papa que se siente “odiado” por su misma Curia, por aquello a los que él mismo ha nombrado… Y no sólo se siente, sino que lo dice a todos los vientos. ¿Para que lo dice? ¿Quiere desahogarse? ¿Quiere que le entiendan? Su gesto es bueno, su forma de presentar el tema me parece positiva, pero hay algo que no entiendo del todo. Por eso vuelvo a Pablo, con la cita famosa en la que habla de los que se muerden y devoran.**
La cita de Pablo
La carta del Papa sigue así:

“Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amarás al prójimo como a ti mismo".

En los dos meses anteriores, yo mismo he venido comentando en mi blog las cartas de Pablo, y en especial la de los Gálatas, donde Pablo cuenta su vida, para defenderse, aunque no he tenido tiempo de llegar a este pasaje de Gal 5. Pero, a partir de lo que que allí decía, el motivo de las palabra de Pablo resulta claro.

El tema de Pablo es la “circuncisión”: han venido de Jerusalén (la gran Curia antigua) falsos hermanos que quieren “circuncidar” a los cristianos de Galacia, para que sean como ellos, para que cumplan su misma “ley” y se sometan todos a un tipo de mandamientos legales. ¿Son los de Lefebre como los de Santiago de Jerusalén? ¿Qué hay que hacer con ellos?

**Ojala se castrarán. El Papa omite el verso anterior (Gal 5, 12) donde Pablo desea a los de la Curia de Jerusalén que se castren del todo (apokopé, corte total, y no peritomé, corte del entorno del prepucio). Así, si todos se castraran, no habría problema. Se trata, en el fondo, de un problema de "castración", de sometimiento de los demás, de negación de autonomía (un problema de hombres, que resulta secundario para las mujeres, que ni si circuncidan ni pueden castrarse de esa forma, como Pablo desea a los hombres de aquella famosa Curia de Jerusalén).

No sé si Benedicto XVI se atrevería a decir eso de su Curia (¡ójala se castren!), creo que no. Es un Papa valiente y sincero, pero no se atreve a utilizar el lenguaje directo de Pablo… O quizá ve las cosas de otra forma.

Pablo no dice que le quieren “comer y devorar a él”, sino que se quieren comer y devorar unos a otros, en Galacia… y que si siguen por ese camino destruirán del todo la comunidad. Sólo si aman y busca cada uno el bien del otro, del otro grupo, podrán salvarse como comunidad. El tema es claro: ¡Viva Pablo!

El Papa, en cambio, afirma en el fondo "que le quieren comer y devorar".Se siente amenazad[o]… y quizá lo está ¿Qué debería haber hecho? ¿Sería mejor que se hubiera callado… o que actuará sin decir nada, sin escribir una carta así, destituyendo a los que le critican, pues tiene poder para ello? El Papa es bueno, no les ha destituido. Pero se siente amenazado y lo dice.

La aplicación del Papa

Me parece espléndido que el Papa cite así, de un modo personal, cuerpo a cuerpo, unas palabras centrales de la Carta de Pablo a los Gálatas, siguiendo después:

– «Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada».

Bien por Benedicto XVI… Pero tengo la impresión de que quizá está arrimando un poco el ascua a su sardina. Su cita y comentario introduce algunas novedades en el texto famoso de Pablo.

a) Pablo no dice que le quieran comer y devorar a él…, sino que se pueden comer y devorar entre sí, unos a otros. Pablo no se defiende aquí él (lo ha hecho en Gal 1-2, contando su vida, cuerpo a cuerpo). Pablo empieza poniendo boca arriba las cartas de su vida (Gal 1-2).

El Papa, en cambio, no tiene necesidad de decir nada, humildemente, contando su vida… Sólo dice que le quieren devorar “a él”. De esa forma se presenta (con los de Lefebre) como el perseguido universal. ¿Es cierto eso? ¿No estará exagerando?

b) En el caso de Galacia… los que empiezan a “comer y devorar” son de fuera, (vienen de una Curia externa). En el caso de Benedicto XVI vienen de dentro, de la Curia que él o su predecesor ha nombrado…

Pablo no podía remover ni expulsar a los que venían de fuera… Los que le "atacan" no son de los suyos, sino de otros grupos de la Iglesia.

c) En cambio, a Benedicto XVI le atacan los de su mismo grupo, los que él ha nombrado. Se le han rebelado sus "hijos" que deberían ser más fieles. Pero, por otra parte, él tiene autoridad para mandar a su casa a todos los que quieren morderle y comerle en la Curia, según Derecho Canónico. ¿Por qué no lo hace?

Él los ha nombrado ¿por qué no los des-nombra?

El Papa termina su carta de un modo generalizante:

«¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad?».

Me alegro de que el Papa diga eso y que se incluya dentro de los que saben “morder y devorar”.

Además, da la impresión de que él mismo aparece aquí amenazado por la tentación de acusar otros… ¿A quiénes?

Muchos dicen que este Papa ha querido morder y devorar a o[t]ros, en muchos años de gobierno eclesial, desde el famoso proceso contra Gutiérrez, del año 1984, cuando no pudo “comerle” porque se opusieron (¡entonces!) los obispos de Perú.

Quizá la están aplicando su misma "medicina"… y sea bueno que lo sepa, para iniciar un tipo de gobierno distinto, en claridad para con todos, en sinceridad total, en diálogo abierto…

Quizá ésta es una buena ocasión para que el Papa empiece a pensar que todos tenemos la tentación de mordernos y devorarnos, empezando por él, que es la autoridad suprema de la Iglesia (según el Derecho), como siempre se ha dicho en la Iglesia, que ha puesto de relieve, desde antiguo, el riesgo de los que están por encima de los otros, con poderes superiores.

Quizá el tema está en que haya que cambiar el tipo de Cura y el modo de nombramiento de obispos, quizá llegue el tiempo que el Papa empiece a gobernar de persona a persona, cuerpo a cuerpo, y no imponiendo su doctrina desde arriba.

Soy de los que creo que el Papa es muy importante en la iglesia de Jesús, por eso me importa que cambie, que sea un hombre de gozo, alguien que confía y suscita confianza… Por eso no me gusta que se queje de esta forma y que diga que le odian…

Quiero amar al Papa, amo al Papa como signo de Unidad de la Iglesia, como ministro de reconciliación… Por eso quiero que sea un hombre feliz y que irradie felicidad… Los de Lefebre me importan mucho como personas, pero en sentido extenso me interesan menos, porque no representan al conjunto de la Iglesia.

El Papa, en cambio, representa al conjunto de la iglesia. Por eso le quiero gozo, uniendo a todos... Así le quiero yo, un papa que sea como Pedro, en diálogo con Pablo y con Santiago…

Pero de eso seguirá hablando mañana. Hoy queda así, con un buen deseo de domingo. Y vive Dios que rezaré mucho por J. Ratzinger (me gusta llamarle así) y por el Papa. Pero del tema de fondo de la Curia y el Papa seguiremos hablando.

XABIER PIKAZA
16 de marzo de 2009

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