ARTÍCULOS

Mi foto
Nombre: Alforja Calasanz
Ubicación: Valencia, Malvarrosa, Spain

miércoles, diciembre 28, 2011

RETIRO DE ADVIENTO

Ramón Novell.
Les envío a algunos, con mucho gusto, el tema que prepare para el retiro de sacerdotes.
God bless.
Ramon

Adviento una invitación a la esperanza. Una espiritualidad para este tiempo

0. Introducción

El tema de la espiritualidad es importante porque sobre el vacío espiritual solo se edifican proyectos y estructuras pastorales vacías y extenuantes. Asimismo, porque unas mutaciones sociales y eclesiales tan profundas reclaman no solo una espiritualidad recia.

La auténtica espiritualidad no es una mística difusa, sino una experiencia concreta, personalizada y compartida, subyacente a nuestras opciones y actividades pastorales. Sus rasgos y sus acentos no son fruto de nuestro saber, ni de nuestro esfuerzo, ni de nuestro temperamento, sino, ante todo, del Espíritu Santo, verdadero Protagonista de nuestra maduración espiritual.

1. «Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10)

Nos toca vivir en una comunidad cristiana real. Encontramos en ella un contingente apreciable de cristianos motivados y activamente implicados en la marcha de nuestras Iglesias locales, y deseosos de formación y de espiritualidad. Más numerosa, aunque decreciente sobre todo en los jóvenes, es la que expresa públicamente su vinculación a la fe y a la comunidad por medio de la eucaristía dominical. Existe en derredor de nuestras comunidades cristianas un amplio círculo que muestra una fe debilitada y fragmentada, pero subsistente, y un sentimiento de pertenencia no cálido, pero tampoco inexistente. Incluso en gente más alejada encontramos con frecuencia, sobre todo en momentos existenciales de su vida, un «algo», un núcleo religioso que pervive como valor vital precioso, pero precario, que necesita urgentemente ser «hidratado»..

Esta visión sacude nuestra fe. Y al sacudirla, ha de extraer de ella, corno el viento extrae el aroma de las plantas y las flores, una serie de actitudes religiosas que pasamos a formular.

1.1. Una espiritualidad de la confianza, no del optimismo.

Ser optimistas hoy podría delatar un déficit de profundidad para percibir el calado de las mutaciones sociales y eclesiales en curso, o una tendencia a confundir deseo y realidad. No es esta la tentación dominante en nuestros días.

Los creyentes no tenemos ninguna garantía revelada para afirmar que «las cosas irán mejor dentro de 25 o de 40 años». Pero sí la tenemos para ahondar, en esta época de intemperie, nuestra confianza en la incesante e irreductible voluntad salvífica de Dios, y para entregar en sus manos, domesticando nuestros miedos, el presente y el futuro de nuestra fe, de la Iglesia, de nuestra sociedad. El amor irrevocable de Dios Padre, la energía vital de la resurrección del Señor y la actividad incesante del Espíritu en la historia, en la comunidad cristiana y en cada uno de nosotros, constituyen un cimiento sólido para confiar a la misericordia de Dios nuestro pasado y a su providencia nuestro futuro individual y colectivo.

Eso sí, es preciso que estas convicciones teológicas estén impregnadas de una auténtica experiencia creyente que las haga connaturales a nuestro espíritu. El reclamo pascual del Señor resucitado: «No tengan miedo» (Mt 28,5), tantas veces repetido por Juan Pablo II, tiene una actualidad indudable en la comunidad eclesial. Que la confianza sea tan viva que venza al miedo es una gracia del Espíritu que hemos de suplicar ardientemente para la Iglesia. El Salmo 71, entre otros muchos, nos brinda palabras para esta súplica: «A ti, Señor, me acojo, sé para mí roca de cobijo y fortaleza protectora... , en tus manos encomiendo mi espíritu , yo confío en el Señor..., mi destino está en tus manos , tú me mostraste tu amor en el momento del peligro. Sean fuertes y cobren ánimo los que confían en el Señor».

1.2. Una espiritualidad que aprecia lo pequeño sin añoranza de lo grande

El aprecio por lo pequeño no es, en la espiritualidad cristiana, un «premio de consolación» cuando «lo grande» no está a nuestro alcance. No es fruto de la resignación que, a falta de resultados brillantes, busca su satisfacción en frutos escasos y pobres. Lo pequeño y los pequeños tienen especial nobleza evangélica. La Escritura nos muestra en múltiples pasajes que las personas pobres y los medios pobres tienen una especial connaturalidad con el Reino de Dios y sus leyes. En Mt 11,25, Jesús se dirige a Yahvé con estas palabras: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos».

Apreciar lo pequeño es incluso signo de calidad humana. Las personas sensibles aprecian lo pequeño y valoran su dignidad. La vida grata y feliz de las personas está, en buena parte, tejida y sostenida por cosas pequeñas. Small is beautifull («Lo pequeño es bello») es el título de una pequeña obra llena de sabiduría.

La situación presente nos ha de llevar a saber valorar la vida de nuestras comunidades. Es una ocasión propicia para que redescubramos y valoremos lo que nunca debimos subestimar: la adhesión de la gente mayor a su fe; el pequeño grupo juvenil que «sigue» cuando casi toda su generación «se ha ido»; el núcleo pastoral que asume con fidelidad y constancia sus compromisos parroquiales; la serenidad confiada con la que asume la enfermedad o la desgracia una persona o una familia creyentes; la alegría y el buen ánimo que mantiene un grupo cuya fe cultivamos, mediante la formación y la espiritualidad; el reencuentro con la fe de personas que se alejaron de ella; el revivir cristiano de algunos padres con motivo de la catequesis familiar; la inquietud vocacional de un muchacho en el clima juvenil actual. Con todo, esta espiritualidad no debe caer ni en una mitificación de lo pequeño ni en un menosprecio de actividades y proyectos de cierta envergadura. Jesucristo no ha vinculado en exclusiva su salvación a los medios pobres. Él es Señor que sabe servirse también de lo que no es tan modesto. Su preferencia por lo pobre no debe encubrir nuestra pereza para proyectar y realizar cosas mayores con tal de que las vivamos «con alma de pobres», es decir, conscientes de que aquellas no contienen en sí ningún poder salvífico, que es exclusivo de Dios.

2.1. Una espiritualidad de la fidelidad, no del éxito

Jesús, en su ministerio, no fue en absoluto ajeno a esta experiencia. La ceguera y la dureza de corazón de muchos le afectaron. Marcos recoge gráficamente este impacto (cf. Mc 3,5; 16,14). También Lucas lo registra (cf. Lc 9,47). Exegetas muy competentes sostienen que, sobre todo en la última fase de su vida pública, la consciencia humana de Jesús fue comprendiendo cada vez con mayor intensidad experiencial que el Padre le pedía fidelidad y no éxito inmediato. La soledad creciente, el enfriamiento de los suyos, el enconamiento de sus enemigos y, sobre todo, la experiencia de la pasión fueron decisivas. El autor de la Carta a los Hebreos nos dirá que, «aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer» (Heb 5,8).

Hemos de sembrar mucho para recoger poco. Hemos de pedir la gracia y el gozo de la fidelidad en tiempos de escasa fecundidad. Nos sentimos retratados en las palabras de Simón Pedro: «Hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada; pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes» (Lc 5,5).

En una actitud pastoral que camina hacia la madurez espiritual, una sana y deseable gradación nos conduce sucesivamente de la expectativa del éxito a la búsqueda de la fecundidad, y, de esta, a la fidelidad. «El éxito no es uno de los nombres de Dios» (M. Buber). «La fidelidad es el amor que resiste el desgaste del tiempo»

2.2. Una espiritualidad responsable, pero no culpabilizadora

No podemos cruzarnos de brazos ante lo que podemos hacer. Vivir y testificar el Evangelio no solo es importante, sino lo más importante. La frivolidad o la pereza son pecados en toda vida cristiana. La responsabilidad y la seriedad son postulados irrecusables del apóstol.

También en este punto Jesús es neto y enérgico. «Busquen ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios les dará todo lo demás» (cf. Mt 6,33). Por eso es tan categórico cuando llama a sus discípulos al seguimiento y al apostolado (Lc 9,57-62; Mt 9,9). El Reino que es preciso anunciar y construir es el tesoro por el que merece la pena vender todo, y la perla más preciosa es la fe, en orden a la salvación (cf. Mt 13,44-46).

Muestra igualmente la responsabilidad del apóstol en su enérgica expresión: «¡Ay de mí si no evangelizare!» .

2.4. Una espiritualidad de la sintonía, no de la distancia

Dios, siempre próximo a los humanos (cf. Hch 17, 27-28), se nos ha hecho definitivamente cercano en Jesucristo. Ha querido compartir desde dentro la dignidad y la servidumbre de ser hombre. La comunidad cristiana está llamada a prolongar en la historia esta cercanía del Señor a la humanidad. La Iglesia es amiga de la humanidad. No debe, por tanto, mantener una reserva distante y recelosa, sino una profunda empatía con la sociedad.

Cuando un mundo cambia tanto y produce estragos en la comunidad, provoca fácilmente reflejos defensivos, distantes, hacia él. Cuando en ese mundo se segregan criterios, costumbres, leyes, escritos, programas televisivos que contrarían nuestra sensibilidad cristiana, pueden generarse sentimientos de extrañeza, de desconfianza, de hipercrítica, de frialdad e incluso de agresividad, que congelan notablemente nuestra comunicación con él.

Es cierto que corresponde a la misión de la comunidad cristiana ser, entre otros movimientos sociales críticos, polo dialéctico ante corrientes hegemónicas, poderes sociales, políticos y económicos dominantes, poniéndose del lado del ser humano y particularmente de los débiles. Hay progresos sociales, económicos y políticos que son más bien regresiones. Pero una Iglesia que no se sintiera verdaderamente parte de la sociedad en la que está inscrita; que no respetara su legítima autonomía; que adoptara ante ella una actitud arrogante, incomprensiva, maternalista o trágica; que confundiera la claridad de la doctrina con el tono frío y duro propio de la distancia, estaría descuidando un aspecto muy importante de su misión de ser signo de la condescendencia de Dios y «señal e instrumento de la unidad de los hombres entre sí» (LG 1).

La comunión dialéctica con el mundo pertenece al estatuto teológico de la Iglesia. Si le falta el adjetivo, está instalada. Si le falta el sustantivo está mal ubicada.

2.5. Una espiritualidad de la alegría, no de la tristeza

Los tiempos son recios. Producen en muchos cristianos, sinceramente incorporados a la pastoral y al compromiso cívico, un cierto estado de abatimiento y de tristeza. La nostalgia de lo que fue y nunca volverá habita en el corazón de esta tristeza. Hoy está bastante extendido entre los cristianos un sentimiento de decadencia, un temor a quedar reducidos, en un futuro no lejano, a un residuo insignificante; un miedo a que la sociedad pueda quedar privada con el tiempo de ese factor de humanización y de divinización que es una Iglesia suficientemente relevante para que pueda ser signo público, visible, dotado de crédito moral en la sociedad.

Todos conocemos a catequistas desanimados porque intuyen que sus desvelos son contrarrestados por otros factores familiares, escolares, culturales que modelan a sus niños. Nuestros grupos de liturgia se desalientan con frecuencia porque sube la edad media y baja el número de participantes. Bastantes de nuestros curas comentan con tristeza la dificultad creciente de encontrar colaboradores pastorales que releven a los veteranos. Y sin embargo, uno se encuentra frecuentemente con grupos que, percibiendo y padeciendo las mismas dificultades, viven su fe y su compromiso cristiano en alegría y paz. No son menos lúcidos, más ingenuos ni más idealistas que los demás. Eso sí, cultivan la oración comunitaria sosegada, las sesiones de formación propia, la convivencia distendida y la fiesta, la mutua ayuda. Son ellos y no los demás, los que aciertan con la reacción adecuada. Porque, aun cuando la fe se debilita en nuestro entorno y en la sociedad, nada ni nadie puede ni debe arrancarnos la alegría de creer, de haber puesto nuestra confianza en Jesucristo, de quererle con el corazón y la conducta, de sentir su presencia junto a nosotros, de sabemos habitados y sostenidos por su Espíritu, de vemos congregados en tomo a su Palabra y su eucaristía, de sintonizar con los más necesitados y gozar ayudándoles.

La alegría es una característica de las comunidades cristianas del Nuevo Testamento. No puede faltar en ninguna genuina espiritualidad cristiana, sea cual sea nuestra situación. En ocasiones extraordinarias será exultante. En otras, serena paz y contento interior. En el sufrimiento, consolación. En la oscuridad, instinto interior de adhesión al Señor. Es compatible con el sufrimiento. Lo contrario de la alegría es la tristeza, no el sufrimiento. El cristiano conoce y padece la tristeza, pero su panorama habitual es la alegría. Dicen que la alegría es un bien escaso. La alegría no es un bien escaso en los seguidores de Jesús. Quienes escasean son los seguidores.

3.3. Una espiritualidad más sanante que denunciante

En la acción evangelizadora, el anuncio comporta necesariamente una tasa de denuncia. Un anuncio sin denuncia revelaría ingenuidad que ignora el espesor del mal y del pecado en el mundo y en la misma comunidad cristiana, o falta de coraje para arrostrar las incomodidades que de ella se derivan. Una denuncia que se sobrepusiera al anuncio olvidaría que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rom 5,20) Y marginaría toda una pedagogía positiva, que es más coherente con la Buena Noticia.

Somos una comunidad adulta, pero de heridos. En esta «comunidad de heridos» hay muchos que están más heridos: los inmigrantes, las víctimas, los amenazados, los delincuentes que atestan todas nuestras cárceles, los familiares de los presos, las mujeres maltratadas, los siniestrados laborales, los enfermos psicóticos o neuróticos, las personas fracasadas.

Una humanidad así necesita más compasión que condena. Jesús dice a Nicodemo: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él» (ln 3,17). Hoy el ejercicio de la misericordia no es ni menos importante ni menos necesario que en tiempos de mayor penuria material. La Iglesia ha recibido el encargo de prolongar en la historia la misión de Jesús, el Buen Samaritano. «Sus heridas nos han curado» (1 Pe 2,24). Los cristianos participamos, al mismo tiempo, de las heridas de los humanos y de la misión sanante de Jesús. No hemos recibido solo el encargo de: «Vayan y anuncien» y el de: «Vayan y bauticen», sino también el de: «Vayan y sanen» (Lc 9,2).

Podemos sanar, como Jesús, incluso a través de nuestras propias heridas. Podemos poner en ellas el aceite y el vino de nuestra compañía, de nuestra escucha, de nuestra palabra. La Iglesia tiene un sacramento para curar la herida del pecado. Sepamos acogerlo y realizarlo. Seamos más compasivos que críticos. Más misericordiosos que censores.

3.4. Una espiritualidad que aprende y enseña a orar

La espiritualidad es un panorama más amplio que la oración. Pero esta es una pieza decisiva dentro de aquella. Es en sí misma una actividad teologal de primera magnitud, un ejercicio de la fe, de la esperanza y del amor. Es, además, un espacio necesario para la interiorización y, en consecuencia, para la experiencia creyente. La oración hace que Dios se nos vuelva «real», no un ser intermedio entre la realidad y la imaginación. Es un componente privilegiado para discernir, muchas veces entre sombras, lo que Dios Padre pide de nosotros. Sin orar asiduamente, el cristiano languidece y el apóstol desiste.

Aprender a orar e iniciar a la oración es un valor de primera necesidad. Existe una pedagogía de la oración cristiana que se despliega en múltiples pedagogías particulares. Pero es necesaria esta pedagogía. No porque la oración sea una técnica que se ha de dominar. Convertirla en técnica equivale a caer en la idolatría. Pero todo lo importante (amar, educar, asumir la sexualidad, comunicarse, aguantar) se aprende. Los sacerdotes venimos insistiendo secularmente en la trascendencia de la oración. No con la misma dedicación iniciamos ni enseñamos a iniciar a la oración personal, comunitaria y litúrgica mediante una adecuada pedagogía en la que la catequesis sobre la oración se combina sabiamente con la práctica de la misma. Nuestras comunidades cristianas conocen la oración vocal y practican la oración de emergencia en momentos especiales. Pero tras decenios de eucaristía dominical, apenas están iniciadas a una oración habitual de alguna calidad y profundidad. El lenguaje simbólico de la liturgia se les hace opaco. El canto, el salmo y la breve oración con la que comienzan sus reuniones bastantes de nuestros grupos eclesiales son netamente insuficientes para este aprendizaje. La iniciación bíblica, necesaria para entender el texto en la situación original y aplicarlo a la situación presente, es aún patrimonio de muy pocos. Aquí hay una cantera casi inexplotada. Nos jugamos mucho pastoralmente en una apropiada explotación.

En los últimos años registramos que muchos cristianos desean aprender a orar. Las propuestas de ayuda tienen un eco muy favorable. Los grupos de oración y de lectura creyente y orante de la Biblia florecen y se multiplican. Es difícil no leer en esta demanda que la tierra de una fe resecada está necesitando el agua de una oración que la riegue. El Espíritu Santo, que sabe que no podemos orar como conviene (cf. Rom 7,26), se acerca en nuestra ayuda y nos enseña a clamar: «Abbá, Padre» (Rom 8,15). Tengo la persuasión de que, en la gran mayoría de los casos, no se trata de un retraimiento hacia las zonas cálidas de una oración que huye de la confrontación con los problemas pastorales, sociales o personales. Tal vez pudo ser esta una tentación del pasado; no lo es en el presente. Es la necesidad de enriquecer la experiencia de la fe para poder realizar la travesía de una existencia cristiana en un mundo cada vez más secularizado.

Nosotros mismos, ¿no deberíamos ejercitarnos más en ese amplio mundo de la oración? Hay una manera de orar que Pablo deja entrever en sus Cartas y es muy apropiada en nuestra condición de pastores. Es una forma de orar ligada a la actividad apostólica y alimentada desde ella. Prepara y acompaña nuestros trabajos pastorales e incluso los releva cuando esta no es posible. Sus dos grandes resortes son el deseo ante las necesidades y carencias y el gozo ante las realizaciones y los frutos. Del deseo brota la oración de petición; del gozo la acción de gracias.

Etiquetas: , ,

jueves, febrero 26, 2009

P. Ramón Barberá Ferris

HOMENAJE POSTUMO AL PADRE RAMON BARBERA FERRIS EN EL SEXTO ANIVERSARIO DE HABER PASADO A LA PRESENCIA DEL SEÑOR
Febrero 2009

Educador y misionero
Javier Álvarez Zelaya
Ex alumno Calasancio

Todos los que una vez fuimos sus alumnos, nos enorgullecemos en honrar la Memoria del Padre Ramón Barberá, con mucho respeto, admiración y agradecimiento, por su entrega a su vocación de educador y misionero.

Abandonó su país y familiares para dirigirse con vocación misionera a Nicaragua donde fundó colegios y predicó la palabra de Dios, con entrega, disciplina y amor cristiano, siguiendo la guía de San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías.

Adiós al querido maestro y pilar Escolapio, Padre Ramón Barberá. Hombre digno y formador de almas. Con su talento y brillante formación intelectual, pudo dedicar su vida a buscar comodidades y a acumular riquezas terrenales. En cambio, prefirió tomar votos de pobreza y seguir la vida misionera de la enseñanza con la que acumuló riquezas en el Cielo.

El padre Barberá ha abandonado este mundo para dirigirse al Padre Eterno. Su camino estará acompañado por la jovial y benévola sonrisa del padre Bruno Martínez y por la música de dorados versos desgranados por el padre José María Cuesta. Las estrellas estarán alineadas para franquearle el paso a su encuentro con nuestro Creador.

A su arribo a Nicaragua, ningún aparato de protocolo tendió alfombras rojas para recibirlo pero, después de prodigar el bien entre nosotros, formar a miles jóvenes nicaragüenses y predicar la palabra de Dios, debe tener un gran recibimiento en el Cielo.

Agradezco al Padre Barberá por haber sido pilar del Colegio Calasanz, tanto en León como en Managua y por toda su noble labor por Nicaragua, sin pedir algo a cambio.

Etiquetas: , ,

Padre Felipe Scio de S. Miguel, Obispo de Segovia.

La imagen de Napoleón entre los españoles. El Anticristo
José Guadalajara
La aventura de la historia 113, 84 – 91

Este artículo comenta un librito anónimo del 1808 que aplica a Napoleón el capítulo 13 del Apocalipsis, haciendo ver que es el anticristo. El autor del folleto utiliza la traducción de la Biblia del P. Scio con una pequeña reseña biográfica.

… Scio realizó la traducción de la Biblia al castellano por orden de Carlos III dada en 1780. Se publicó entre 1790 y 1793 en varios tomos, en edición muy cuidada y al alcance de pocos. La traducción, muy fiel a la Vulgata, la hizo en colaboración con Benito Feliú de San Pedro, escolapio como él. Iba acompañada de notas explicativas, ya que la Iglesia de entonces prohibía publicar la Biblia sin este debido acompañamiento. Escribió algunos libros más sobre pedagogía, materia que le preocupó a Scio, debido sobre todo a su condición de docente, labor que desempeñó en Madrid y Getafe durante varios años. Murió en Valencia en 1796, pocos meses después de haber sido nombrado obispo de Segovia.


SIETE CABEZAS Y DIEZ CUERNOS

1. Y vi salir de la mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cuernos diez coronas, y sobre sus cabezas nombres de blasfemia.

2. Y la bestia que vi era semejante a un leopardo, y sus pies como pies de oso, y su boca como boca de león. Y le dio el Dragón su poder y grande fiereza.

3. Y vi una de sus cabezas como herida de muerte: y fue curada su herida mortal. Y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia.

4. Y adoraron al Dragón que dio poder a la bestia: y adoraron a la bestia, diciendo: ¿quién hay semejante a la bestia? ¿Y quién podrá lidiar con ella?

5. Y le fue dada boca con que hablaba altanerías y blasfemias: y le fue dado poder de hacer aquello quarenta y dos meses.

6. Y abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre y su tabernáculo, y a los que moran en el Cielo.

7. Y le fue dado que hiciese guerra a los Santos, y que los venciese. Y le fue dado poder sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación.

8. Y le adoraron todos los moradores de la tierra: aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, que fue muerto desde el principio del mundo.

9. Si alguno tiene oreja, oiga.

10. El que hiciere a otro esclavo en esclavitud parará: quien con cuchillo matare, con cuchillo es preciso que muera. Aquí está la paciencia y la fe de los Santos.

11. Y vi otra bestia que subía de la tierra, y que tenía dos cuernos semejantes a los del Cordero, mas hablaba como el Dragón.

12. Y exercía todo el poder de la primera bestia en su presencia: e hizo que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia, cuya herida mortal fue curada.

13 E hizo grandes maravillas, de manera que aún fuego hacía descender del cielo a la tierra a la vista de los hombres.

14. Y engañó a los moradores de la tierra con los prodigios, que se le permitieron hacer delante de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra, que hagan la figura de la bestia, que tiene la herida de espada y vivió.

15. Y le fue dado que comunicase espíritu a la figura de la bestia, y que hable la figura de la bestia: y que haga que sean muertos todos aquellos que no adoraren la figura de la bestia.

16. Y a todos los hombres pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos hará tener una señal en su mano derecha o en sus frentes.

17. Y que ninguno pueda comprar o vender sino aquel que tiene la señal o nombre de la bestia, o el número de su nombre.

18. Aquí hay sabiduría. Quien tiene inteligencia calcule el número de la bestia: porque es número de hombre: y el número de ella seiscientos sesenta y seis.

Copia del capítulo XIII del Apocalipsis, según la traducción del Ilmo. y Rmo. Padre Felipe Scio de S. Miguel, Obispo de Segovia. …

Etiquetas: , ,

miércoles, noviembre 12, 2008

EL ITAC hoy


Instituto Teológico de América Central
María Esteta Monterrosa
Eco Católico
Domingo 9 de noviembre 2008

Setenta y siete religiosos de distintos países de la región se preparan en Teología y Filosofía en un centro de estudios costarricense.

El ITAC ofrece una formación integral a sus estudiantes.

Religiosos de toda Centroamérica se forman en teología y filosofía en el Instituto Teológico de América Central, ITAC Intercongregacional, con sede en Costa Rica. En la actualidad, el centro cuenta con setenta y siete estudiantes religiosos y ocho laicos.

Este instituto es un centro de formación, reflexión e investigación teológica y se ubica en San Pedro de Montes de Oca, en las instalaciones del Colegio Calasanz.

Desde su fundación, y nacido como respuesta a las interrogantes post conciliares, el ITAC conserva su impronta eclesial, pastoral y renovadora; colabora con la Iglesia local en la formación de agentes para la Nueva Evangelización, ocupándose principalmente de la formación teológica de los futuros sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, explicó el Lic. Luis Diego Cascante, director.

“El ITAC nos ofrece una formación integral que nos permitirá enfrentar la realidad que encontramos en los lugares donde están nuestras comunidades. Forma religiosos que tienen presencia en toda Centroamérica, incluso en Haití”, comentó Fray Angel Mauricio Mora, Presidente de la Asociación de Estudiantes.

El ITAC organiza los programas académicos en torno a un área fundamental que es la Bíblico-teológica que corresponde al curso teológico, y dos áreas auxiliares que son la Filosófico-humanística y la Psico-social que corresponden al curso filosófico.

El ITAC nació en 1972, bajo el auspicio de la Conferencia Episcopal y la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Costa Rica. Durante seis años fue la institución donde se formaron conjuntamente los seminaristas del clero de Costa Rica y los religiosos y religiosas de América Central, explicó Cascante.

A partir de 1979 el Centro fue regentado por cinco órdenes religiosas masculinas residentes en Costa Rica, Hoy en día, está codirigido por nueve congregaciones que integran el Consejo General, el más alto organismo responsable.

Son los Dominicos, Franciscanos Conventuales de Costa Rica, Franciscanos Conventuales de Centroamérica, Franciscanos Capuchinos, Escolapios, Pasionistas, Agustinos, Siervos Trinitarios y Redentoristas. Sin embargo al ITAC asisten, además de los co-dueños, religiosos de otras órdenes, incluyendo las religiosas.

Desde mediados de 1992, el ITAC está afiliado a la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Santo Tomás de Roma (Angelicum). Tiene capacidad para conferir el título de Bachillerato en Teología por la misma universidad, con la posibilidad de que, en un futuro, se pueda otorgar también el grado de Licenciatura, explicó Cascante.

Etiquetas: , ,

miércoles, octubre 29, 2008

Padre Pedro Casani

Religioso escolapio, colaborador del fundador, san José de Calasanz.
L’Osservatore Romano 37 (29.IX.1995)

Pedro Casani nació en Luca (Toscana, Italia) en 1572 y murió en Roma en 1647. Su niñez y juventud fueron las de un muchacho inteligente, piadoso y responsable. Cuando tenía casi 20 años, influido por la muerte ejemplar de su madre, se sintió llamado a una vida de mayor entrega a Dios y entró en la congregación de la Bienaventurada Virgen, que acababa de fundar san Juan Leonardi, en cuya parroquia de Santa María de Corteorlandini había sido educado en la vida cristiana.

Casani tuvo la suene de tratar asiduamente al fundador San Juan Leonardi, que en dos ocasiones lo escogió como secretario y acompañante, al nombrarle Clemente VIII visitador apostólico de dos congregaciones monásticas. Esta fuerte experiencia explica el celo y el rigor de Pedro Casani por la observancia religiosa.

Antes de entrar en el noviciado habla hecho estudios de filosofía y teología con los franciscanos de Luca, que completó luego en el Colegio Romano con los jesuitas. Casani fue buen teólogo. Además de elegante latinista y esmerado calígrafo. Ordenado sacerdote en la basílica de San Juan de Letrán, ejerció su ministerio en la predicación, confesiones y pastoral juvenil; para los jóvenes estableció en Luca la congregación de Nuestra Señora de las Nieves. Fue, pues, un religioso ejemplar y muy estimado mientras vivió en la Congregación luquesa.

En 1609 falleció san Juan Leonardi, Pero ya desde los primeros años del siglo había intervenido con su asistencia y su consejo en el desarrollo de la naciente congregación de las Escuelas Pías, cuyas bases había puesto en 1597 tan José de Calasanz, al crear en la parroquia de Santa Dorotea de Trastévere la primera escuela popular, pública y gratuita de Europa», como escribió Ludovico Pastor. D nuevo los hijos de San Juan Leonardi prestaron sus servicios pastorales a las Escuelas Pías después de la muerte de su propio fundador. Estos contactos hicieron pensar a Calasanz en la conveniencia de dar mayor estabilidad y asegurar la perpetuidad de sus Escuelas Pías uniéndolas con la Congregación luquesa de San Juan Leonardi, lo cual se llevó a cabo con la aprobación de Pablo V en 1614.

Como consecuencia de esta unión, el p. Pedro Casani fue nombrado rector de la casa de San Pantaleón, donde estaban instaladas las Escuelas Pías y todo el grupo de colaboradores de Calasanz, que continuó siendo responsable y prefecto de las mismas. Comenzaba así una nueva etapa, que afrontaron todos con buena voluntad. Pero este encuentro con Calasanz y su obra fue particularmente trascendental para Casani

Tres años después de la unión, los padres luqueses comprendieron que no podían aceptar definitivamente el ministerio de las escuelas con absoluta prioridad, sin traicionar su propio carisma fundacional. Intervino, de nuevo, Pablo V separando ambas instituciones que en 1621 fueron elevadas a órdenes religiosas por Gregorio XV, manteniendo ambas el apelativo común ¨de la Madre de Dios¨.

Pedro Casani decidió quedarse en las Escuelas Pías, formando parte del grupo de Calasanz y participando activa y eficazmente desde entonces en la transformación progresiva del instituto desde simple congregación secular sin votos hasta orden de votos solemnes, la última en la historia de la Iglesia. El santo fundador José de Calasanz encontró en Casani al hombre providencial e imprescindible, a quien mantuvo durante 30 años en los cargos de mayor responsabilidad, siendo su primer asistente general y primer rector de la casa madre de San Pantaleón, primer maestro de novicios, primer provincial de Génova y luego de Nápoles, comisario general para las fundaciones de Europa central y primer candidato para suceder al santo fundador como vicario general, cargo éste que no quiso aceptar por humildad, creyéndose incapaz. Pero, sobre todo, fue siempre su fiel colaborador, dispuesto a todo, su defensor, su amigo y compañero, profundamente piadoso, hombre de espíritu y de acción, cumpliendo incansables misiones de gobierno, de visitador, de formador de novicios y jóvenes, de animador de la observancia en Roma, Frascati, Narni, Fanano. Génova, Savona, Mesina. Nápoles, Nikolsburg, Leipnik, Strasnitz y Cracovia.

Tenía dotes de gran predicador de multitudes, convocando en determinadas celebraciones a seis mil y diez mil personas. Su ejemplo de vida y su fuerza de captación y convicción le hicieron promotor eficaz de vocaciones religiosas, primero entre los luqueses y luego entre los escolapios. Entre sus conquistas puede recordarse como ejemplo, a su propio padre, ya viudo, que le siguió en la congregación luquesa, y al p. Francisco Castelli, que, como él mismo, fue una de las personalidades más relevantes en los principios de la orden de las Escuelas Pías, con cargos de asistente general, provincial de Liguria y de Toscana, rector y maestro de novicios.

Fue muy notable su amor y defensa de la suma pobreza religiosa, una de las razones de su vinculación a Calasanz y a sus exigencias testimoniales de pobreza, dada la dedicación escolar preferencial para los niños pobres. Pero tenía a la vez un don especial para tratar con los grandes de este mundo, tanto de orden civil como eclesiástico, de lo que era consciente el fundador, que se valía de ello. Ambos, sin embargo, eran contrarios a condescender con la excesiva generosidad de los bienhechores, por mantener la pobreza en su rigor.

Participó con el santo fundador do los dolores y gozos del naciente instituto, viéndolo sumamente estimado por Papas, cardenales, obispos y príncipes de Europa, y por muchas ciudades y pueblos, con la angustia de no poder atender a tantas demandas de fundación. Pero, como todas las obras y hombres de Dios, también fueron probados por la tribulación. Y Casani fue acusado y llevado preso con el fundador al Santo Oficio, a sus setenta años, por las calles céntricas de Roma y depuesto luego de su cargo de asistente, como culpable, y la orden reducida a simple congregación sin votos. En aquellos momentos de humillación, de descrédito y de destrucción, Casani se mantuvo fiel defensor del fundador y de la obra, soportando la tribulación con paciencia y resignación heroicas, con oración y confianza eh Dios, pidiendo de palabra y por escrito la intercesión favorable de los amigos y de los grandes, aunque inútilmente, e inculcando la confianza y la fidelidad a los vacilantes.

Murió el 17 de octubre de 1647, asistido por el santo fundador, que en días sucesivos escribió muchas cartas comunicando la noticia y diciendo que ¨como había vivido muy devotamente durante su vida, así plugo a Dios bendito que ... muriese santamente. Esperamos que ayude a la orden más después de la muerte que en vida. Su cuerpo fue llevado a la iglesia, donde el viernes y el sábado hubo un concurso tan innumerable del pueblo y de la nobleza, que fue necesario retirar su cuerpo dentro de casa. De las gracias que algunos han recibido no diré por ahora nada ...¨ Poco después daba Calasanz los primeros pasos para iniciar el proceso de beatificación. Pero al morir el fundador diez meses más tarde, la preferencia por llevar adelante su proceso, bloqueó todos los demás.

En 1738 en la ciudad húngara de Szeged, donde los escolapios tenían colegio desde 1720, una muchacha ya moribunda en un hospital fue sanada de una enfermedad incurable cuando un padre escolapio que atendía a los enfermos le hizo besar una imagen del p. Casani.

Etiquetas: , , ,