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Nombre: Alforja Calasanz
Ubicación: Valencia, Malvarrosa, Spain

miércoles, diciembre 28, 2011

RETIRO DE ADVIENTO

Ramón Novell.
Les envío a algunos, con mucho gusto, el tema que prepare para el retiro de sacerdotes.
God bless.
Ramon

Adviento una invitación a la esperanza. Una espiritualidad para este tiempo

0. Introducción

El tema de la espiritualidad es importante porque sobre el vacío espiritual solo se edifican proyectos y estructuras pastorales vacías y extenuantes. Asimismo, porque unas mutaciones sociales y eclesiales tan profundas reclaman no solo una espiritualidad recia.

La auténtica espiritualidad no es una mística difusa, sino una experiencia concreta, personalizada y compartida, subyacente a nuestras opciones y actividades pastorales. Sus rasgos y sus acentos no son fruto de nuestro saber, ni de nuestro esfuerzo, ni de nuestro temperamento, sino, ante todo, del Espíritu Santo, verdadero Protagonista de nuestra maduración espiritual.

1. «Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10)

Nos toca vivir en una comunidad cristiana real. Encontramos en ella un contingente apreciable de cristianos motivados y activamente implicados en la marcha de nuestras Iglesias locales, y deseosos de formación y de espiritualidad. Más numerosa, aunque decreciente sobre todo en los jóvenes, es la que expresa públicamente su vinculación a la fe y a la comunidad por medio de la eucaristía dominical. Existe en derredor de nuestras comunidades cristianas un amplio círculo que muestra una fe debilitada y fragmentada, pero subsistente, y un sentimiento de pertenencia no cálido, pero tampoco inexistente. Incluso en gente más alejada encontramos con frecuencia, sobre todo en momentos existenciales de su vida, un «algo», un núcleo religioso que pervive como valor vital precioso, pero precario, que necesita urgentemente ser «hidratado»..

Esta visión sacude nuestra fe. Y al sacudirla, ha de extraer de ella, corno el viento extrae el aroma de las plantas y las flores, una serie de actitudes religiosas que pasamos a formular.

1.1. Una espiritualidad de la confianza, no del optimismo.

Ser optimistas hoy podría delatar un déficit de profundidad para percibir el calado de las mutaciones sociales y eclesiales en curso, o una tendencia a confundir deseo y realidad. No es esta la tentación dominante en nuestros días.

Los creyentes no tenemos ninguna garantía revelada para afirmar que «las cosas irán mejor dentro de 25 o de 40 años». Pero sí la tenemos para ahondar, en esta época de intemperie, nuestra confianza en la incesante e irreductible voluntad salvífica de Dios, y para entregar en sus manos, domesticando nuestros miedos, el presente y el futuro de nuestra fe, de la Iglesia, de nuestra sociedad. El amor irrevocable de Dios Padre, la energía vital de la resurrección del Señor y la actividad incesante del Espíritu en la historia, en la comunidad cristiana y en cada uno de nosotros, constituyen un cimiento sólido para confiar a la misericordia de Dios nuestro pasado y a su providencia nuestro futuro individual y colectivo.

Eso sí, es preciso que estas convicciones teológicas estén impregnadas de una auténtica experiencia creyente que las haga connaturales a nuestro espíritu. El reclamo pascual del Señor resucitado: «No tengan miedo» (Mt 28,5), tantas veces repetido por Juan Pablo II, tiene una actualidad indudable en la comunidad eclesial. Que la confianza sea tan viva que venza al miedo es una gracia del Espíritu que hemos de suplicar ardientemente para la Iglesia. El Salmo 71, entre otros muchos, nos brinda palabras para esta súplica: «A ti, Señor, me acojo, sé para mí roca de cobijo y fortaleza protectora... , en tus manos encomiendo mi espíritu , yo confío en el Señor..., mi destino está en tus manos , tú me mostraste tu amor en el momento del peligro. Sean fuertes y cobren ánimo los que confían en el Señor».

1.2. Una espiritualidad que aprecia lo pequeño sin añoranza de lo grande

El aprecio por lo pequeño no es, en la espiritualidad cristiana, un «premio de consolación» cuando «lo grande» no está a nuestro alcance. No es fruto de la resignación que, a falta de resultados brillantes, busca su satisfacción en frutos escasos y pobres. Lo pequeño y los pequeños tienen especial nobleza evangélica. La Escritura nos muestra en múltiples pasajes que las personas pobres y los medios pobres tienen una especial connaturalidad con el Reino de Dios y sus leyes. En Mt 11,25, Jesús se dirige a Yahvé con estas palabras: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos».

Apreciar lo pequeño es incluso signo de calidad humana. Las personas sensibles aprecian lo pequeño y valoran su dignidad. La vida grata y feliz de las personas está, en buena parte, tejida y sostenida por cosas pequeñas. Small is beautifull («Lo pequeño es bello») es el título de una pequeña obra llena de sabiduría.

La situación presente nos ha de llevar a saber valorar la vida de nuestras comunidades. Es una ocasión propicia para que redescubramos y valoremos lo que nunca debimos subestimar: la adhesión de la gente mayor a su fe; el pequeño grupo juvenil que «sigue» cuando casi toda su generación «se ha ido»; el núcleo pastoral que asume con fidelidad y constancia sus compromisos parroquiales; la serenidad confiada con la que asume la enfermedad o la desgracia una persona o una familia creyentes; la alegría y el buen ánimo que mantiene un grupo cuya fe cultivamos, mediante la formación y la espiritualidad; el reencuentro con la fe de personas que se alejaron de ella; el revivir cristiano de algunos padres con motivo de la catequesis familiar; la inquietud vocacional de un muchacho en el clima juvenil actual. Con todo, esta espiritualidad no debe caer ni en una mitificación de lo pequeño ni en un menosprecio de actividades y proyectos de cierta envergadura. Jesucristo no ha vinculado en exclusiva su salvación a los medios pobres. Él es Señor que sabe servirse también de lo que no es tan modesto. Su preferencia por lo pobre no debe encubrir nuestra pereza para proyectar y realizar cosas mayores con tal de que las vivamos «con alma de pobres», es decir, conscientes de que aquellas no contienen en sí ningún poder salvífico, que es exclusivo de Dios.

2.1. Una espiritualidad de la fidelidad, no del éxito

Jesús, en su ministerio, no fue en absoluto ajeno a esta experiencia. La ceguera y la dureza de corazón de muchos le afectaron. Marcos recoge gráficamente este impacto (cf. Mc 3,5; 16,14). También Lucas lo registra (cf. Lc 9,47). Exegetas muy competentes sostienen que, sobre todo en la última fase de su vida pública, la consciencia humana de Jesús fue comprendiendo cada vez con mayor intensidad experiencial que el Padre le pedía fidelidad y no éxito inmediato. La soledad creciente, el enfriamiento de los suyos, el enconamiento de sus enemigos y, sobre todo, la experiencia de la pasión fueron decisivas. El autor de la Carta a los Hebreos nos dirá que, «aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer» (Heb 5,8).

Hemos de sembrar mucho para recoger poco. Hemos de pedir la gracia y el gozo de la fidelidad en tiempos de escasa fecundidad. Nos sentimos retratados en las palabras de Simón Pedro: «Hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada; pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes» (Lc 5,5).

En una actitud pastoral que camina hacia la madurez espiritual, una sana y deseable gradación nos conduce sucesivamente de la expectativa del éxito a la búsqueda de la fecundidad, y, de esta, a la fidelidad. «El éxito no es uno de los nombres de Dios» (M. Buber). «La fidelidad es el amor que resiste el desgaste del tiempo»

2.2. Una espiritualidad responsable, pero no culpabilizadora

No podemos cruzarnos de brazos ante lo que podemos hacer. Vivir y testificar el Evangelio no solo es importante, sino lo más importante. La frivolidad o la pereza son pecados en toda vida cristiana. La responsabilidad y la seriedad son postulados irrecusables del apóstol.

También en este punto Jesús es neto y enérgico. «Busquen ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios les dará todo lo demás» (cf. Mt 6,33). Por eso es tan categórico cuando llama a sus discípulos al seguimiento y al apostolado (Lc 9,57-62; Mt 9,9). El Reino que es preciso anunciar y construir es el tesoro por el que merece la pena vender todo, y la perla más preciosa es la fe, en orden a la salvación (cf. Mt 13,44-46).

Muestra igualmente la responsabilidad del apóstol en su enérgica expresión: «¡Ay de mí si no evangelizare!» .

2.4. Una espiritualidad de la sintonía, no de la distancia

Dios, siempre próximo a los humanos (cf. Hch 17, 27-28), se nos ha hecho definitivamente cercano en Jesucristo. Ha querido compartir desde dentro la dignidad y la servidumbre de ser hombre. La comunidad cristiana está llamada a prolongar en la historia esta cercanía del Señor a la humanidad. La Iglesia es amiga de la humanidad. No debe, por tanto, mantener una reserva distante y recelosa, sino una profunda empatía con la sociedad.

Cuando un mundo cambia tanto y produce estragos en la comunidad, provoca fácilmente reflejos defensivos, distantes, hacia él. Cuando en ese mundo se segregan criterios, costumbres, leyes, escritos, programas televisivos que contrarían nuestra sensibilidad cristiana, pueden generarse sentimientos de extrañeza, de desconfianza, de hipercrítica, de frialdad e incluso de agresividad, que congelan notablemente nuestra comunicación con él.

Es cierto que corresponde a la misión de la comunidad cristiana ser, entre otros movimientos sociales críticos, polo dialéctico ante corrientes hegemónicas, poderes sociales, políticos y económicos dominantes, poniéndose del lado del ser humano y particularmente de los débiles. Hay progresos sociales, económicos y políticos que son más bien regresiones. Pero una Iglesia que no se sintiera verdaderamente parte de la sociedad en la que está inscrita; que no respetara su legítima autonomía; que adoptara ante ella una actitud arrogante, incomprensiva, maternalista o trágica; que confundiera la claridad de la doctrina con el tono frío y duro propio de la distancia, estaría descuidando un aspecto muy importante de su misión de ser signo de la condescendencia de Dios y «señal e instrumento de la unidad de los hombres entre sí» (LG 1).

La comunión dialéctica con el mundo pertenece al estatuto teológico de la Iglesia. Si le falta el adjetivo, está instalada. Si le falta el sustantivo está mal ubicada.

2.5. Una espiritualidad de la alegría, no de la tristeza

Los tiempos son recios. Producen en muchos cristianos, sinceramente incorporados a la pastoral y al compromiso cívico, un cierto estado de abatimiento y de tristeza. La nostalgia de lo que fue y nunca volverá habita en el corazón de esta tristeza. Hoy está bastante extendido entre los cristianos un sentimiento de decadencia, un temor a quedar reducidos, en un futuro no lejano, a un residuo insignificante; un miedo a que la sociedad pueda quedar privada con el tiempo de ese factor de humanización y de divinización que es una Iglesia suficientemente relevante para que pueda ser signo público, visible, dotado de crédito moral en la sociedad.

Todos conocemos a catequistas desanimados porque intuyen que sus desvelos son contrarrestados por otros factores familiares, escolares, culturales que modelan a sus niños. Nuestros grupos de liturgia se desalientan con frecuencia porque sube la edad media y baja el número de participantes. Bastantes de nuestros curas comentan con tristeza la dificultad creciente de encontrar colaboradores pastorales que releven a los veteranos. Y sin embargo, uno se encuentra frecuentemente con grupos que, percibiendo y padeciendo las mismas dificultades, viven su fe y su compromiso cristiano en alegría y paz. No son menos lúcidos, más ingenuos ni más idealistas que los demás. Eso sí, cultivan la oración comunitaria sosegada, las sesiones de formación propia, la convivencia distendida y la fiesta, la mutua ayuda. Son ellos y no los demás, los que aciertan con la reacción adecuada. Porque, aun cuando la fe se debilita en nuestro entorno y en la sociedad, nada ni nadie puede ni debe arrancarnos la alegría de creer, de haber puesto nuestra confianza en Jesucristo, de quererle con el corazón y la conducta, de sentir su presencia junto a nosotros, de sabemos habitados y sostenidos por su Espíritu, de vemos congregados en tomo a su Palabra y su eucaristía, de sintonizar con los más necesitados y gozar ayudándoles.

La alegría es una característica de las comunidades cristianas del Nuevo Testamento. No puede faltar en ninguna genuina espiritualidad cristiana, sea cual sea nuestra situación. En ocasiones extraordinarias será exultante. En otras, serena paz y contento interior. En el sufrimiento, consolación. En la oscuridad, instinto interior de adhesión al Señor. Es compatible con el sufrimiento. Lo contrario de la alegría es la tristeza, no el sufrimiento. El cristiano conoce y padece la tristeza, pero su panorama habitual es la alegría. Dicen que la alegría es un bien escaso. La alegría no es un bien escaso en los seguidores de Jesús. Quienes escasean son los seguidores.

3.3. Una espiritualidad más sanante que denunciante

En la acción evangelizadora, el anuncio comporta necesariamente una tasa de denuncia. Un anuncio sin denuncia revelaría ingenuidad que ignora el espesor del mal y del pecado en el mundo y en la misma comunidad cristiana, o falta de coraje para arrostrar las incomodidades que de ella se derivan. Una denuncia que se sobrepusiera al anuncio olvidaría que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rom 5,20) Y marginaría toda una pedagogía positiva, que es más coherente con la Buena Noticia.

Somos una comunidad adulta, pero de heridos. En esta «comunidad de heridos» hay muchos que están más heridos: los inmigrantes, las víctimas, los amenazados, los delincuentes que atestan todas nuestras cárceles, los familiares de los presos, las mujeres maltratadas, los siniestrados laborales, los enfermos psicóticos o neuróticos, las personas fracasadas.

Una humanidad así necesita más compasión que condena. Jesús dice a Nicodemo: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él» (ln 3,17). Hoy el ejercicio de la misericordia no es ni menos importante ni menos necesario que en tiempos de mayor penuria material. La Iglesia ha recibido el encargo de prolongar en la historia la misión de Jesús, el Buen Samaritano. «Sus heridas nos han curado» (1 Pe 2,24). Los cristianos participamos, al mismo tiempo, de las heridas de los humanos y de la misión sanante de Jesús. No hemos recibido solo el encargo de: «Vayan y anuncien» y el de: «Vayan y bauticen», sino también el de: «Vayan y sanen» (Lc 9,2).

Podemos sanar, como Jesús, incluso a través de nuestras propias heridas. Podemos poner en ellas el aceite y el vino de nuestra compañía, de nuestra escucha, de nuestra palabra. La Iglesia tiene un sacramento para curar la herida del pecado. Sepamos acogerlo y realizarlo. Seamos más compasivos que críticos. Más misericordiosos que censores.

3.4. Una espiritualidad que aprende y enseña a orar

La espiritualidad es un panorama más amplio que la oración. Pero esta es una pieza decisiva dentro de aquella. Es en sí misma una actividad teologal de primera magnitud, un ejercicio de la fe, de la esperanza y del amor. Es, además, un espacio necesario para la interiorización y, en consecuencia, para la experiencia creyente. La oración hace que Dios se nos vuelva «real», no un ser intermedio entre la realidad y la imaginación. Es un componente privilegiado para discernir, muchas veces entre sombras, lo que Dios Padre pide de nosotros. Sin orar asiduamente, el cristiano languidece y el apóstol desiste.

Aprender a orar e iniciar a la oración es un valor de primera necesidad. Existe una pedagogía de la oración cristiana que se despliega en múltiples pedagogías particulares. Pero es necesaria esta pedagogía. No porque la oración sea una técnica que se ha de dominar. Convertirla en técnica equivale a caer en la idolatría. Pero todo lo importante (amar, educar, asumir la sexualidad, comunicarse, aguantar) se aprende. Los sacerdotes venimos insistiendo secularmente en la trascendencia de la oración. No con la misma dedicación iniciamos ni enseñamos a iniciar a la oración personal, comunitaria y litúrgica mediante una adecuada pedagogía en la que la catequesis sobre la oración se combina sabiamente con la práctica de la misma. Nuestras comunidades cristianas conocen la oración vocal y practican la oración de emergencia en momentos especiales. Pero tras decenios de eucaristía dominical, apenas están iniciadas a una oración habitual de alguna calidad y profundidad. El lenguaje simbólico de la liturgia se les hace opaco. El canto, el salmo y la breve oración con la que comienzan sus reuniones bastantes de nuestros grupos eclesiales son netamente insuficientes para este aprendizaje. La iniciación bíblica, necesaria para entender el texto en la situación original y aplicarlo a la situación presente, es aún patrimonio de muy pocos. Aquí hay una cantera casi inexplotada. Nos jugamos mucho pastoralmente en una apropiada explotación.

En los últimos años registramos que muchos cristianos desean aprender a orar. Las propuestas de ayuda tienen un eco muy favorable. Los grupos de oración y de lectura creyente y orante de la Biblia florecen y se multiplican. Es difícil no leer en esta demanda que la tierra de una fe resecada está necesitando el agua de una oración que la riegue. El Espíritu Santo, que sabe que no podemos orar como conviene (cf. Rom 7,26), se acerca en nuestra ayuda y nos enseña a clamar: «Abbá, Padre» (Rom 8,15). Tengo la persuasión de que, en la gran mayoría de los casos, no se trata de un retraimiento hacia las zonas cálidas de una oración que huye de la confrontación con los problemas pastorales, sociales o personales. Tal vez pudo ser esta una tentación del pasado; no lo es en el presente. Es la necesidad de enriquecer la experiencia de la fe para poder realizar la travesía de una existencia cristiana en un mundo cada vez más secularizado.

Nosotros mismos, ¿no deberíamos ejercitarnos más en ese amplio mundo de la oración? Hay una manera de orar que Pablo deja entrever en sus Cartas y es muy apropiada en nuestra condición de pastores. Es una forma de orar ligada a la actividad apostólica y alimentada desde ella. Prepara y acompaña nuestros trabajos pastorales e incluso los releva cuando esta no es posible. Sus dos grandes resortes son el deseo ante las necesidades y carencias y el gozo ante las realizaciones y los frutos. Del deseo brota la oración de petición; del gozo la acción de gracias.

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martes, abril 27, 2010

Abril, jornada de oración por las Misiones Escolapias

P. José Antonio Gimeno Jarauta,
Zaragoza, Responsable de Misiones
Navegar Juntos, IV.2010

En 1996 la Congregación General de las Escuelas Pías decide que el 2 de abril de cada año celebremos la Jornada Misionera Escolapia en todo el mundo.

Es siempre bueno recordar la historia de lo que pasó viviendo Calasanz. Fue un 2 de abril, pero de 1631, en plena expansión de la Orden. Con 280 escolapios en total y el gran problema de la formación acelerada de sus vocaciones, Calasanz vive la misión hasta el punto de no dudar en enviar a 8 religiosos a un país de misión, en Moravia (=Checoslovaquia), a Nikolsburg, dominada por los luteranos.

Había que extender la educación a todos, incluidos los luteranos. Y fueron bajo el amparo del Dicasterio papal que más tarde se llamaría “Propaganda Fide”.

Salieron por tierra hacia el este de Italia, hasta Ancona. Desde allí atravesaron el mar Adriático hasta Istria. Se internaron en el Continente, atravesando la región austríaca de Carintia hasta llegar a Viena. De allí a la frontera, muy cerca de la cual se encontraba Nikolsburg (actual Mikulov).

En tiempos actuales en que estamos hablando de reestructuración de Provincias y regiones, a veces con recelos, es bueno recordar ciertos detalles en las actitudes de Calasanz. En la erección de la Congregación en 1617, ¡tras 20 años! de dedicación absoluta a la educación, sólo eran 15 los que vestían la sotana, de los cuales sólo dos eran sacerdotes (Calasanz y Casani); pero el Fundador siguió confiando en el Señor, como lo había hecho en los 20 años anteriores. Y cuando envía ocho escolapios a la misión de Nikolsburg, usa la más pura interdemarcacionalidad y la utopía del vidente: uno era español (sacerdote), dos alemanes (sacerde y ¡novicio!), cinco italianos (1 sac., 1 junior, 2 hermanos, y 1 novicio). O a Calasanz le faltaba cordura, o ahora a nosotros nos sobran miedos.

Llegan a Nikolsburg el dos de junio, y el día 20 abren las escuelas. Al año siguiente el cardenal Dietrichstein, que era quien les había llamado, emprende la construcción de un amplísimo Colegio. Los religiosos fueron aumentando hasta 20. En el s. XVIII eran, como promedio, 30. En el XIX, eran 20, hasta llegar a los ataques de la política imperial.

Durante casi cuatro siglos, el carisma de Calasanz fructificó en la Iglesia en una Familia Calasancia que lo ha ido haciendo realidad con vidas y hechos, haciendo de la educación una real misión de Iglesia. Actualmente la Escuela Pía masculina, así como nuestras hermanas Escolapias y Calasancias, andan trabajando gozosamente en muchos países de misión. Vivimos un momento eclesial de profunda sensibilidad misionera.

Toda Comunidad escolapia es llamada a renovar y revitalizar su esencial dimensión misionera universal. Y a su vez, toda la Escuela Pía extendida por el mundo, se concreta y hace visible en cada Comunidad local por la comunión con los hermanos que viven la misma vocación.

Hay en ellas 242 escolapios, casi todos nativos, repartidos en 32 comunidades. De ellos, 110 son sacerdotes, 6 diáconos, 6 hermanos, y 120 juniores haciendo los estudios filosófico - teológicos.

No incluyo los 23 novicios actuales. Hay 4 Noviciados y 6 Junioratos.

La mayoría de los edificios han sido construidos por ellos: 45 Escuelas y 3 internados; 17 parroquias, a la vez que atienden a otras muchas iglesias y Obras; 21 Centros Culturales. Y todo lo que ello supone: alfabetización, atención pastoral, promoción de la mujer, comunidades cristianas, escuelas agropecuarias, atención sanitaria, dar de comer en las escuelas… Que el Señor siga bendiciendo la Obra de José de Calasanz.

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lunes, febrero 22, 2010

"Hay que ayudar a Dios para que se haga presente en Haití"

¿Está Dios en Haití?
"No paró la cruz en el Gólgota; no intervino en Auschwitz; no es el Dios relojero de Newton"
Juan A. Estrada,
23 de enero de 2010


Desde la perspectiva científica el terremoto tiene una doble explicación. Por un lado, una zona sísmica, siempre amenazada por terremotos y maremotos, que se suceden con frecuencia. Por otra, que se ha practicado una deforestación masiva del país, que contrasta con la superficie de la República Dominicana, la otra parte de la isla.

Además se ha dado una sobreexplotación del suelo, un agotamiento de los recursos naturales, en parte por empresas que han sido pan para hoy y hambre para mañana, y una fuerte explosión demográfica bajo gobiernos corruptos y dictatoriales, como los Duvalier, cuyo heredero se gasta hoy su fortuna en Francia.

Cuando el terremoto llegó casi todo se vino abajo, incluido el centro histórico y las instalaciones estatales. Pero el barrio rico y moderno de Pétion Ville, en Puerto Príncipe, apenas ha sufrido daños. Es una isla segura, sólida y bien librada del azote natural.

La conclusión es evidente: con otra política y gobierno, otra distribución de la riqueza y otro tipo de construcciones se hubiera amortiguado mucho la violencia de la naturaleza en el país más pobre de América.

Antes que preguntarse por Dios, ¿por qué permite esto?, hay que preguntar al hombre ¿cómo consentimos que tantos seres humanos vivan en la miseria, indefensos ante la naturaleza? La tragedia de Haití sigue al tsunami de Indonesia y vendrán muchos más, porque tres cuartas partes de la humanidad viven en la pobreza, sin medios para controlar la naturaleza. Tenemos los recursos técnicos y materiales para reducir al mínimo estos desastres, pero la distribución internacional de la riqueza los invalida.

¿Y dónde está Dios? Seguimos esperando milagros divinos que cambien el curso de la naturaleza; apelamos a la Providencia para que intervenga en las catástrofes naturales; rezamos y pedimos prodigios y señales. Y Dios guarda silencio y no actúa como esperamos. No aprendemos de la historia. No paró la cruz en el Gólgota; no intervino para evitar Auschwitz; no es el Dios relojero de Newton, que ajusta el reloj natural de vez en cuando; no modifica las leyes de la creación, descubiertas por la ciencia.

El hombre y el universo son obra de un creador que respeta la libertad humana y el dinamismo de la naturaleza. Si buscamos al Dios milagrero, siempre a la escucha de los deseos del hombre, busquémoslo en otra religión, no en la del Dios crucificado. Es inconcebible que los cristianos sigamos esperando intervenciones prodigiosas, como en tiempos de Jesús, sin asumir la mayoría de edad del hombre y la autonomía del universo, cuyas leyes conocemos mejor y cada vez más.

En cambio, encontraremos a Dios, si lo buscamos identificándose con las víctimas y llamando a los hombres de buena voluntad a la solidaridad y la justicia; si esperamos que Dios nos inquiete, nos provoque y nos llame a colaborar de mil maneras para mitigar el dolor en Haití; si creemos que Dios no es neutral y que el contraste entre el gran mundo pobre y la minoría de países ricos clama al cielo.

Hay que ayudar a Dios para que se haga presente en Haití, porque necesita de los hombres para que llegue ahí el progreso y la justicia. Los muertos y refugiados de la catástrofe tienen hambre de justicia, la de las bienaventuranzas, y Dios necesita testigos suyos para hacerse presente.

Nadie puede hablar en nombre de las víctimas sin experimentar sus sufrimientos ni padecer su forma de vida, sólo hacernos presentes a ellos. El protagonismo corresponde al ser humano: Dios es autor de la historia, en cuanto inspira, motiva y envía para la solidaridad y la justicia. El Dios cristiano no es la divinidad griega que siente celos del hombre y castiga a Prometeo, sino el que se enorgullece de la capacidad para generar vida con la ciencia y el progreso, sólo exigiendo que los recursos naturales se pongan al servicio de todos.

Hay que actuar como "si Dios no existiera" y todo dependiera de nosotros, universalizar la solidaridad y cambiar las estructuras internacionales que condenan a pueblos enteros a la miseria. Desde ahí podemos esperarlo todo de Dios y pedirle que fortalezca, inspire y motive a los que luchan por un mundo más justo y solidario.

Dentro de pocos meses Haití será un mero recuerdo, excepto para los que siguen allí, y los habremos olvidado, como a Indonesia o las hambrunas del África subsahariana. La gran tragedia del siglo XXI es la de una humanidad que tiene recursos para acabar con el hambre y mitigar las catástrofes naturales, pero prefiere emplearlos en armamento, para defenderse de los pobres; en policías, para evitar que lleguen a nuestras islas de riqueza y en los despilfarros consumistas de una minoría de países.

Del mal de Haití somos todos responsables y la solidaridad no puede quedarse en el acontecimiento puntual, aunque sea necesaria, sino que exige otra forma de vida.

Juan Antonio Estrada
en Diario de Sevilla

Gentileza de Paco Molina

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martes, noviembre 24, 2009

Reflexiones de Facundo Cabral

Facundo Cabral,
tomado del Libro ‘Ayer soñé que podía y hoy ¡puedo!’

Que nada te distraiga de ti mismo, debes estar atento porque todavía no gozaste la más grande alegría ni sufriste el más grande dolor. Vacía la copa cada noche para que Dios te la llene de agua nueva en el nuevo día. Vive de instante en instante porque eso es la vida. Me costó 57 años llegar hasta aquí, ¿cómo no gozar y respetar este momento?.

Se gana y se pierde, se sube y se baja, se nace y se muere. Y si la historia es tan simple, ¿porqué te preocupas tanto?. No te sientas aparte y olvidado, todos somos la sal de la Tierra. En la tranquilidad hay salud, como plenitud dentro de uno. Perdónate, acéptate, reconócete y ámate, recuerda que tienes que vivir contigo mismo por la eternidad, borra el pasado para no repetirlo, para no abandonar como tu padre, para no desanimarte como tu madre, para no tratarte como te trataron ellos; pero no los culpes porque nadie puede enseñar lo que no se sabe, perdónalos y te liberarás de esas cadenas. Si estás atento al presente, el pasado no te distraerá, entonces serás siempre nuevo.

Tienes el poder para ser libre en este mismo momento, el poder está siempre en el presente porque toda la vida está siempre en el presente porque toda la vida está en cada instante, pero no digas NO PUEDO ni en broma porque el inconsciente no tiene sentido del humor, lo tomará en serio y te lo recordará cada vez que lo intentes. Si quieres recuperar la salud ABANDONA la crítica, el resentimiento y la culpa, responsables de nuestras enfermedades. PERDONA a todos y perdónate, no hay liberación más grande que el perdón, no hay nada como vivir sin enemigos. Nada es peor para la cabeza y por tanto para el cuerpo, que el miedo, la culpa, el resentimiento y la crítica que te hace juez (agotadora y vana tarea) y cómplice de lo que disgusta. Culpar a los demás es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella. El bien y el mal viven dentro tuyo, alimenta más el bien para que sea VENCEDOR cada vez que tengan que enfrentarse. Lo que llamamos problemas son lecciones, por eso nada de lo que nos sucede es en vano.

NO TE QUEJES, recuerda que naciste desnudo, entonces ese pantalón y esa camisa que llevas ya son ganancia. Cuida el presente porque en él vivirás el resto de tu vida. Libérate de la ansiedad, piensa que lo que deberá ser será, y sucederá naturalmente.

Gentileza de Iveth Salgado

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En busca de la oración, 2009

Fenómeno en España: convento de clausura atrae a decenas de jóvenes profesionales

MADRID, 04 Nov. 09 (ACI).- Una religiosa de 43 años, convertida en una de las prioras más jóvenes de su orden religiosa, ha revolucionado un antiguo convento de contemplativas Clarisas en España, convirtiéndolo en un imán para decenas de jóvenes mujeres profesionales.

Sor Verónica ingresó al convento de monjas Clarisas de clausura de la Ascensión fundado en Lerma (España) en 1604, cuando éste se encontraba en una crisis vocacional.

Era el 22 de enero de 1984 y Marijose Berzosa –el nombre de Sor Verónica en el mundo- decidió, a los 18 años, dejar atrás la carrera de medicina, los amigos, las discotecas de los 80 y el baloncesto.

"Nadie me entendió. Hubo apuestas de que no iba a durar nada. Pero ellos no sentían la fuerza del huracán que me arrastraba", cuenta Sor Verónica. "Era la clásica adolescente en busca de una salida... y tomé la decisión en apenas quince días"

Sor Verónica ingresó así a un convento donde hacía 23 años no entraba una novicia.

Sor Pureza de María Lubián, de 70 años, hoy abadesa del convento en Burgos, fue su formadora, y la recuerda como "una chiquilla encantadora. Muy noble y muy buena. Tenía 18 años y un porvenir. Todo lo abandonó. Siguió la llamada de Dios. Tenía una personalidad muy rica. Siempre fue líder. Y, espiritualmente, con una gran vocación. Tuvo luchas y dificultades. Hizo un gran esfuerzo. Pero actuó la gracia del Espíritu. Y ella se dejó hacer".

El diario español El País, uno de los más favorables a la actual campaña socialista contra la Iglesia Católica en España, no pudo resistir publicar un extenso reportaje a Sor Verónica, quien según el diario, "se ha convertido en el mayor fenómeno de la Iglesia desde Teresa de Calcuta"; pues "ha hecho de aquel vetusto convento de Lerma un atractivo banderín de enganche para vocaciones femeninas que cuenta con 135 monjas con carrera y una media de edad de 35 años y un centenar más en lista de espera. Y ya ha abierto una sucursal en la localidad de La Aguilera, a 40 kilómetros de Lerma, en un enorme monasterio cedido por sus hermanos franciscanos."

"Un boom insospechado de vocaciones cuando los jesuitas tienen apenas 20 novicios en toda España; los franciscanos, cinco, y los paúles, dos. En un momento en que se importan monjas de la India, Kenia o Paraguay para evitar el cierre de conventos habitados por ancianitas, y que la mayoría de nuestros sacerdotes superan los 60 años", dice el reportaje.

El convento, durante los fines de semana, se ha convertido en un punto de acogida de centenares de peregrinos: familias numerosas, jóvenes miembros de movimientos eclesiales y grupos parroquiales llegan en autobuses para participar de las oraciones, las obras teatrales y las exhortaciones a una vida cristiana plena.

Según El País, la mayoría de las religiosas jóvenes que se han visto atraídas por la vocación de Sor Verónica "ha tenido pareja y empleo… No son monjitas de escasa teología… han sido educadas en la Iglesia de resistencia de Juan Pablo II. Son militantes… Son urbanas y con estudios. Ninguna es inmigrante. Hay cinco hermanas de la misma familia; 11 parejas de hermanas de sangre y unas gemelas. Abunda la clase media. Y los títulos universitarios. Esta comunidad ofrece un completo catálogo de abogadas, economistas, físicas y químicas; ingenieras de caminos, industriales, agrícolas y aeronáuticas; arquitectas, médicas, farmacéuticas, biólogas y fisioterapeutas; bibliotecarias, filólogas, pedagogas y fotógrafas".

Una de las hermanas de la comunidad entrevistada por El País define su clausura como "una casa abierta a los que llaman a nuestra puerta. Queremos compartir nuestra fe, dar a conocer lo que nos está pasando. Y si ven a Jesús en nosotras, adelante. España está tan pagana que hace falta que compartamos nuestra fe, no que la vivamos a solas. Es el momento de actuar".

El crecimiento del convento desde la llegada de Sor Verónica ha sido explosivo: en 1994, cuando fue nombrada maestra de novicias con sólo 28 años, ingresaron 27 hermanas. En 2002 eran 72; en 2004, 92; en 2005, 105. Y 134 a finales del pasado mes de septiembre. Todas viviendo en un convento del siglo XVI construido para albergar a 32 religiosas.

Pero las religiosas cuentan ahora con un lugar dónde seguir creciendo: los Franciscanos de Lerma han prestado por 30 años el monasterio de La Aguilera, contiguo al santuario y a la tumba de San Pedro Regalado.

El monasterio se encuentra en un acelerado proceso de construcción para proporcionar un espacio moderno, funcional y bien iluminado, con energía obtenida mediante paneles solares.

El nuevo convento cuenta con 100 celdas de 10 metros cuadrados, con cama, mesa y reclinatorio; mientras se construye un locutorio con capacidad para 400 personas, una hospedería, aseos para los visitantes, y una nueva capilla.

Poco tiempo atrás, el P. Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, predicó a las 140 monjas clarisas de Lerma. La visita del Capuchino italiano fue ocasión para un emotivo reportaje emitido por la RAI (Radio y Televisión Italiana) en hora de máxima audiencia, en Italia.

Gentileza de Raúl Araujo

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