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lunes, setiembre 29, 2008

Los cristianos, constructores de la paz universal

Profr. Alejandro Bravo Mercado
Navegar Juntos, 2q.IX.08
UC.CC

A más de treinta años de la promulgación del documento del Concilio Vaticano II, una de sus Constituciones hoy en día sigue iluminando con sus enseñanzas la intención de todos los cristianos como constructores de la paz.

La Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et Spes, GS) describe en los siguientes números esa intención:

GS 77:
La familia humana ha llegado en su proceso de madurez a un momento de suprema crisis. No puede seguir adelante en la construcción de un mundo más humano para todos sin que las personas se conviertan a la verdad de la paz.

GS 78:
La verdadera paz es fruto de la justicia, no mera ausencia de guerra, ni equilibrio de fuerzas, ni temor ante una hegemonía despótica. La paz es una tarea permanente. Y es también fruto del amor, que supera la justicia. El Concilio llama insistentemente la atención a todos los cristianos para que se unan a todos los seres humanos realmente pacíficos en la tarea de establecer la paz.

GS 83:
Para construir la paz, lo primero que hace falta es eliminar las causas de discordia: sobre todo las injusticias, las excesivas desigualdades, la lentitud de soluciones, el afán de dominio, etc. Estimúlese sin descanso la creación de organismos que promuevan la paz.

GS 89:
Al predicar el Evangelio, la Iglesia contribuye a la consolidación de la paz. Es absolutamente necesaria la presencia de la Iglesia en la comunidad de los pueblos para fomentar la cooperación de todos, a través de las instituciones públicas como por colaboración de cada uno.

El pensamiento conciliar sobre la paz es crítico. Va a las raíces. Y descubre las raíces de las discordias producidas en la injusticia, las desigualdades económicas, la lentitud en la aplicación de soluciones, el afán de dominio, el desprecio por las personas, etc.

Piensa el Concilio que la carrera de armamentos no soluciona las amenazas de la paz, sino que las empeora, a la vez que se trata de la plaga más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable.

Debemos hacernos conscientes de nuestra responsabilidad humana y cristiana, y esforzarnos por despertar en nuestro ámbito personal de vida la pronta voluntad de cooperar con la comunidad nacional e internacional, a favor de la paz.

Profr. Alejandro Bravo Mercado

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